Hasta luego, compinche…
Esta mañana nos tocó una de arena…
Fue justo hace una semana, el pasado viernes, cuando nuestro entrañable gato Diablo — con tres añicos lleno de vitalidad caracterÃstica de los felinos — se nos puso inesperadamente enfermo. Estaba hecho como un camión de fuerte, con un genio travieso y jugetón como sólo pueden ser los felinos, pero encima de todo sumamente entrañable, y cariñoso como él solito. Cada mañana me esperaba en la cocina, cuando medio zombi me preparaba el café de rigor, con el señor gato a los pies. Alegremente alternando los mordiscos juguetones con las cabezadas cariñosas… Y claro, también tendrÃa algo que ver el momento rutinario para darle de comer, que por el interés te quiero, Andrés… Aún asÃ, nunca se lanzó a zampar, hasta que le invité al desayuno, señalando al bol fresquito y deseándole un buen desayuno. Tierno loco, él. TenÃamos esa rutina y bastantes otras más — como antes de acostarme, que no me dejaba, a menos que le dijera buenas noches, señor Diablo — que enmarcaban su felino pero tierno genio.
De sopetón, el viernes pasado, le dejó de funcionar la vejiga, y claro, no habÃa más remedio que llevarle, sobre las 11 de la noche, al veterinario de guardia. A la postre, no habÃa nada que hacer. Aguantó como pudo, pero esta mañana nos llamó su veterinario para decirnos que, pues eso… Nada que hacer.
Hace una hora, el veterinario le dio las tres inyecciones de rigor, y se nos fue, el pobre de mi alma, en mis brazos.
Que descanses, Diablo…

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