by nv1962 | September 20th, 2008
Hace ya muchos años que no he volado con Iberia; no es porque no quiero, sino simplemente porque no he tenido ocasión de hacerlo. Pero a pesar de esa distancia en el tiempo de mis recuerdos, hay una cosa que destaca con la claridad del sol de mediodía: la mezcla de risa incontrolable y de honda vergüenza ajena al escuchar sus pobres azafatas luchando con su explicación en inglés, previo al vuelo, de las obligatorias normas de seguridad. Ya saben, salidas de emergencia, chalecos salvavidas, la mascarilla de oxígeno, abróchense los cinturones… Esas cosas.
Risa incontrolable, por las caras de besugo que ponían los pobres angloparlantes sentados a mi alrededor ante tamaña tortura lingüística, hasta el punto de preferir que al menos hablen en español para así tener una remota oportunidad de cazar alguna palabra suelta de lo chapurreado. ¿De qué sirve someter a la gente a una explicación inexplicable? ¿No tenían la más mínima piedad con sus propias azafatas que, sin duda, se apañaban lo mejor que podían?
Estoy convencido - y así me aseguran - de que esos bochornosos horrores ya son en gran parte cosa del pasado, como aquel barbudo chiste que los anillos de Saturno lo compone el equipaje perdido por esa compañía aérea. Sin embargo, ahí están las dificultades al saltarse el gran charco lingüístico que separa el idioma de Cervantes de aquel de Walt Disney. Será por las notables diferencias fonéticas, es decir: de pronunciación, pero no puedo deshacerme de mi impresión que, por lo general, le costará bastante más el esfuerzo a un español aprender a hablar el inglés bien, es decir: suficientemente inteligible, que el recorrido en el sentido opuesto de un angloparlante. Cosa por supuesto también anecdótica, pero creo es un interesante ejemplo de cierta asimetría lingüística.
Desde aquellos lejanos recuerdos, por supuesto, se ha vivido una tremenda y lamentablemente tardía apertura cultural en España, que afortunadamente deshizo en gran parte aquel vergonzoso aislamiento de los años de Franco y su bruto exhibicionismo de incultura institucional común con Corea del Norte, en el que al día de hoy se impone e inculca la idea de ser el ombligo universal, en el que no puede faltar el mapamundi escolar, centrado rigurosamente en el propio país.
Es evidentemente un rasgo humano común, aquel de tomar la medida a las cosas a su imagen y semblanza. Afortunadamente, y como seres humanos, también tenemos un afán de acercarnos a lo lejano, de intentar comprender lo incomprensible, incluso de tentarnos con lo desconocido; algo que se expresa hasta en nuestro comportamiento sexual. Pero en lo intelectual, a veces nos topamos en esa búsqueda de un entendimiento enriquecido con otra característica eminente humana: la pereza. No en vano se codificó en nuestras raíces culturales, es decir: la tradición católica, la pereza como uno de los siete pecados capitales.
Esa valoración moral no obstante, y allá donde la curiosidad y la holgazanería se juntan, se suele salvar un déficit en la comprensión con el cómodo atajo del prejuicio: quizá no sea el mundo que entendamos o hasta prefiramos, pero nos comportamos como si anduviésemos por nuestra propia casa, rodeados por la entrañable comodidad de lo bien conocido. Aunque hagamos el más espantoso de los ridículos, aquí gobierna el soberbio imperio del ego satisfecho ipso facto. Para algunos, esa vergüenza es hasta una fuente de orgullo.
Acabo de ver un magnífico y edificante ejemplo de tal aplomo equivocado, recién horneado de la mano de Carlos Carreter.
Empieza él por tender su peculiar puente a la nada desde el obvio escándalo del colapso financiero. Hace una comparación inicial con la Gran Depresión, a raíz del pánico bursátil de 1929. Es un loable intento de conectar por un tema común, ya que efectivamente hay una conexión entre la rampante especulación bursátil con dinero prestado de aquel entonces, y la actual desenfrenada avaricia de compañías aseguradoras que sí se cobraron con mucho gusto los multimillonarios y tremendamente rentables ingresos por primas de pólizas que garantizan el traspaso comercial en las bolsas financieras de hipotecas acumuladas, pero que no dotaron los fondos de inversión correspondientes (por aumentar sus beneficios a corto plazo, así de simple) con la dotación financiera necesaria para así poder hacer frente a las catástrofes de impago que se supone que cubrían, y que lógica e inevitablemente quedaron totalmente al descubierto cuando, por una adversa coyuntura económica y un excesivo endeudamiento, los consumidores finales con un perfil crediticio menos fiable dejaron de pagar sus hipotecas basura - aunque el argot financiero inglés prefiera ponerles el eufemismo de préstamos suboptimales. Ése es el tema subyacente del colapso actual, que se produce como un efecto dominó de los muchísimos entes financieros entrelazados que van fallando en cascada.
Lo que tienen en común los acontecimientos bursátiles de 1929 y el colapso financiero del 2008 es una desmesurada codicia (vaya, otro inquilino de la zoología moral) del empresariado, combinada con un vacío de regulación gubernamental, en ambos casos.
Afortunadamente, Carlos sí repara en las importantes diferencias existentes entre entonces y hoy. Pero en lugar de ahondar más precisamente en las causas muy extendidas que une la catástrofe de los dos eventos, con efectos macro económicos que tampoco creo que van a diferir esta vez demasiado en ambos lados del Atlántico, en lugar de pensar un poco más sobre esas causas, para así llegar a una mejor fundada previsión de cara al futuro, él da un salto de trampolín directo a sus consecuencias en lo político, apuntando a la reacción fascista, y la consiguiente explosión de otra guerra genocida en Europa, cosa que al parecer le conduce a rechazar ese paralelo histórico.
No sé por qué razón exactamente, pero Carlos se salta la Gran Depresión, resultante de la gigantesca quema bursátil de liquidez (y por ende, la enorme destrucción de créditos disponibles) que frenó en seco la actividad económica. Lo cierto es que ese salto cuántico, más aún obviando el hecho y las circunstancias de la Gran Depresión y, si cabe más aún, su inmensamente relevante contexto político y social en cada lado del Atlántico, me puso de mal humor.
Carlos se deja en el tintero detalles como que el Martes Negro del 29 de octubre de 1929 y la reacción gubernamental ante esa obvia crisis se desarrolló durante la presidencia de Herbert Hoover, partidario de la mínima intervención ejecutiva posible (aunque, por otra parte, quizá cabe agradecerle que hizo caso omiso al consejo tan insistente como dracónico de su Secretario del Tesoro, Andrew Mellon, de liquidar a conciencia los bancos que consideraba “débiles” y causantes del “mal”, negándoles créditos y garantías del gobierno federal, para así purgar el sistema financiero). No obstante, las iniciativas de impulso económico que el presidente Hoover sí decidió desarrollar distaron de frenar la caída en cascada de la economía, abocando en una aterradora Gran Depresión que, trágicamente empeorada por una insólita y tremenda sequía durante unos diez años con efectos devastadores sobre la producción agraria - tanto en EE.UU. como en Canadá - dejaron prácticamente noqueado al país.
Pero esas son meras pinceladas, casi anecdóticas, hechas al margen de mi estupefacción que Carlos se salte la Gran Depresión. La enormidad de esa omisión radica en la supresión resultante de la figura de Franklin D. Roosevelta, su perfil político y, más que nada, la enormemente significativa diferencia que marca la acogida de la Gran Depresión en ambos lados del Atlántico.
Si es impresionante el contraste, tanto en su filosofía como sobre todo por su envergadura, de las iniciativas que FDR impulsó bajo el nombre de New Deal con las anémicas iniciativas de su antecesor inmediato, más destaca la causa directa de esa ruptura total en materia política: la respuesta del electorado ante una enorme crisis.
Teniendo serias dificultades de subsistencia en un maremágnum de miseria social y una elevada desconfianza política, no ha de sorprender en absoluto que el electorado tire por otro camino. El clamor generalizado de “Hay que hacer algo drástico, ¡ya!” abundó en una idea generalizada que lo que hacía falta era una intervención importante y dirigida desde el gobierno federal, por una figura que infundiese esperanza, inspirando la confianza de llegar a mejores tiempos para así respaldar el esfuerzo de superar el duro camino.
En cierto modo, se podría quizá trazar un paralelo con la figura del senador Barack Obama, hoy en día. Su perfil viene incrustado en un lenguaje que, abiertamente y con gran abundancia, se sirve de los términos literales de “cambio” y “esperanza”, y podría muy bien acabar como el beneficiario electoral del actual colapso financiero — que según lo veo probablemente también será económico — saliendo elegido en volandas por esas enormes ansias de ver luz al final del largo y oscuro túnel, tras años de ineptitud, ineficacia y desidia gubernamental.
Tanto en cuanto se produzca ese paralelismo histórico del efecto esperanza con Obama, esa misma reacción electoral es lo que infunde mi incomprensión por la arrogancia de Carlos Carreter, allá donde acusa la “incultura de los norteamericanos”. Obviamente, al igual que el electorado situó al actual presidente Bush en su puesto, por dos términos además, los votantes en su día también depositaron su confianza en las urnas para elegir a Hoover. Sin embargo, donde está la diferencia más sustanciosa - me parece que se puede hablar incluso de vital - es el sentido en el que viró el temperamento electoral, como reacción a su situación nefasta.
Parece mentira que Carlos, quien hasta emplea el término de social demócrata, no repare en el gran significado de las políticas de FDR, y su fundamento filosófico de impulsar incluso a costa de aumentar de manera significativa el déficit presupuestario, cosa que podríamos bien llamar pensamiento keynesiano. Precisamente, esa aproximación destaca por su carácter bastante social democrata. En definitiva: el electorado estadounidense se escoró hacia la izquierda en tiempos de honda crisis. Fue un vuelco con una envergadura no sólo impresionante en sus términos relativos comparado con la política precedente, sino que contrasta, de forma mucho más acuciante, con la reacción electoral en buena parte de los países de Europa Occidental, que se descarriló en dirección extremamente opuesta, amparándose en el fascismo, con la consiguiente orgia de violencia genocida que todos conocemos como su resultado.
Sí, claro: el resurgimiento económico de las cenizas de la República de Weimar por la Alemania nazi fue espectacular, donde los trenes funcionaban de relojería, y qué decir de las maravillosas Autobahn por el que podían circular libremente los populares Volkswagen de entonces. Pero es una idiotez sin paliativos obviar la soberana incultura de los europeos en Alemania, Italia y, cómo no: España misma, que enarbolaron el poder totalitario para curar heridas causadas por falta de razón y sosiego. Esas autopistas sirvieron para transportar el material bélico de la bestia fascista; esos trenes acabaron en Auschwitz.
Me parece sangrante que, sin duda conociendo aquel contexto esencial pero que no menciona, Carlos se apresure a emplear esa bruta brocha de “incultura” hasta a su titular, en referencia a “norteamericanos”. Dejando de lado la torpe grosería ahí de olvidarse que México y Canadá son dos compañeros de continente, esa generalización absoluta me parece repugnante en una persona que tiene a bien hablar de cuestiones de “cultura” en lugares al parecer tan ajenos como remotos.
De hecho, en esa misma entrada Carlos hace mención del asunto de las filtraciones desde la comisión de accidentes que investiga el siniestrado MD-82 en Barajas, y la consiguiente reacción previsiblemente avispada del juez investigador del caso, al requerir el cese de la difusión de material audiovisual. El revuelo causado por ese requerimiento, en el se escandalizaron muchos (con evidente razón) al ver un atropello del derecho a la información, es una expresión de la mucho más tensa cuerda sobre la que debe deambular la prensa en muchos países en Europa, al tener un concepto de libertad de expresión mucho más regimentado que la tradición mucho más liberal en EE.UU., país donde a diferencia de países como Francia y Alemania, el vender Mein Kampf abiertamente no constituye ningún delito. Como dijo Harvey Silverglate, abogado pro derechos civiles:
“El mundo no llegó a sufrir porque demasiadas personas leyeron Mein Kampf. [...] Enviar a Hitler para que diese un ciclo de conferencias por los Estados Unidos hubiese sido una idea bastante buena.”
El evidente mensaje ahí es que, de haberse dado la oportunidad de difundir sus ideas, dando la oportunidad de calar antes y mejor la locura de aquel perverso, quizá incluso se podría haber llegado a evitar los males infernales que causó. Me parece que tiene razón: esa cultura de la libertad cabe fomentar un poco más por el Viejo Continente, y sus mentes excesivamente atrofiados y obsesionados con ejercer un control hasta cultural.
Por supuesto, una diferencia sustancial es que aquella larga tradición amparada por la Primera Enmienda en este país, en el que ahora vivo, ha creado también una predisposición inusualmente abierta, hasta combativa; mucho más predispuesta al engancharse en un debate abierto. Ése es un requisito indispensable para que no se descomponga en una cacofonía, un intercambio estéril de posiciones predispuestas e inamovibles.
Me resulta difícil imaginarme un ciclo electoral con la rotundidad de términos habitual por estos lares, en España; lo digo sin menoscabo de las intenciones muchas veces igualmente venenosas. Pero cuestiones espinosas como por ejemplo el derecho de la mujer a optar por el aborto, o la reconciliación abierta y desacomplejada con la época de la Guerra Civil son casos que, a mi parecer, se merecen ¡y mucho! la función desinfectante de la luz del pleno sol, en lugar de esconderlas por aversión, sino puro miedo al estruendo. Considerando la afición a las tracas de la Fallas de Valencia, me resulta un tanto peculiar.
Y aquella tradición de debate abierto existente en EE.UU. es un bien tangible, hablando de nuevo en términos económicos, de valor incalculable; de esa constante fuente en ebullición han salido multitides de ideas y nociones que se adoptaron en muchas otras partes del mundo, muy especialmente en Europa; la propia tradición de expresarse libre e individualmente por medio de Internet es un ejemplo de esa polinización cruzada que también enriquece la cultura europea. Dicho más categóricamente: esa forma de degustar la fruta y denostar su árbol es de necios.
Claro que intuyo una intención más específica, allá donde Carlos se refiere a “cultura” (o su presunta ausencia). Me parece que se refiere más bien a “cultura política”; mucho es hablar de “cultura” en general. Aún así, y reconociendo a la vez la alucinante limitación de precisamente un debate abierto sobre cuestiones de fondo y de filosofía política y gubernamental, como resultado de un maniqueo sistema con un valor binario de solo dos partidos políticos, hay muchas otras cosas de las que la antes mencionada polinización cruzada sería de gran beneficio, si también viaja en sentido oriental sobre el Atlántico. Un ejemplo es la cercanía de cargos electos ¡hasta senadores! a solicitudes y quejas dirigidas directamente por sus electores. Aquí, te responden. Y lógicamente por ello, se escribe más a los cargos electos, como sus representantes.
No, el problema fundamental en este país no es su cultura. Es más bien ingenuidad, esa pasmosa capacidad de hipotecar el futuro en manos del presidente de turno, pensando y asumiendo (erróneamente, allá viene de maravilla el cinismo mucho más acertado que reina en Europa al respecto) las buenas intenciones de los gobernantes. Es que se lo creen, no por incultos, sino por excederse de respetuosos.
Y ahí entra en juego otro elemento diferencial: el papel de la prensa informativa. Cuando toque la temporada de elecciones presidenciales, es que no saben dónde ponerse. Intuyo que mucho tiene que ver con el estrecho margen de maniobra ideológico al que antes aludí, combinado con un proceso por ello bastante descafeinado de elecciones primarias que sugiere una importancia exorbitada de las personas políticas, por encima de lo que realmente pueden y piensan hacer. Como un ejemplo, me resulta doloroso ver cómo planteamientos de política de partido, al que tan acostumbrados se vive en Europa con los programas electorales, aquí los candidatos se machacan, para luego fingir interés común en un insulso producto aguado que, de salir efectivamente victorioso en la contienda electoral final, se reduce más aún por los obvios y universales efectos moderadores propios de la realidad de llevar la responsabilidad gubernamental.
Tras vivir un lustro en este país todavía me cuesta creer cómo, con todos los medios que tienen a su alcance los dedicados a la información periodística, no se hace un seguimiento más serio, más análisis de planes y propuestas, cribando, pesando, calculando efectos, en definitiva: haciendo la labor propia del cuarto poder, que es vigilar para que sus consumidores no se dejen meter golazos, con el beneficio y premio de fidelidad donde lo logran hacer bien o mejor que los demás.
Pero eso no es cuestión de “cultura”. Es cuestión de negocio, en el que los nexos opacos, los intereses cruzados dictan una sincronía poco salubre que desaconseja cada vez más realizar un seguimiento crítico, acaban imponiendo su pieza en el engranaje que al final mole al paisano, no tonto sino aturdido e incapaz de distinguir entre una mierda pinchada en un palo y otra.
Por cierto, llegando al final, y hablando de incultura - Carlos también hace referencia a los efectos del precioso Spanglish azafataiberiense de la periodista de Caracol Radio que hizo la entrevista por teléfono a John McCain. Le recomiendo escuchar la grabación directa de la entrevista, o por lo menos aquella parte que reproducía el otro día, a ver si es capaz de comprender de una vez que cuando se pronuncia “Europe” casi igual que “yogur”, se malentiende con gran facilidad como “you” - de ahí que responde con “What about me, what?”
El remedio de esas proverbiales azafatas de Iberia no es reconvertirlas en periodistas, sino hacer que logren hablar de tal forma que se les entienda. Eso sí es cuestión de cultura. Al igual que no sucumbir a la tendencia codiciosa de tirar de prejuicios, caricaturas y atajos salvajes.
Notas a pie de página / Footnotes:
- En este artículo estoy poniendo enlaces a artículos en Wikipedia en su versión inglesa; varios de ellos, como aquel sobre FDR, tienen una versión en español, que se puede encontrar en el menú vertical de enlaces, en el costado izquierdo del mismo artículo. La razón por la que opté por enlazar a la versión inglesa es mi personal impresión que la diferencia en calidad es tal, que prefiero ahorrarles la facilidad de leerlo en español. [volver/return]
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September 26th, 2008 a las 9:31 pm
[...] que Obama se está acrecentando por la pésima situación económica (lo dicho: por ser portavoz del cambio radical cada vez más anhelado por el electorado, cada día más), McCain lo tiene cada vez más [...]