by nv1962 | Marzo 29th, 2009
El otro día ya apunté a un tremendo ensayo publicado por la revista The Atlantic, de la mano de Simon Johnson[1].
Me parece tan sustancioso – por muy extenso que sea – que esta tarde decidí poner manos a la obra, acometiendo su traducción al español para que se extiendan sus verdades como puños y su claridad de visión casi deslumbrante también hasta el escenario que nos toque de política financiera y económica. A la vista de la reunión del G20 en Londres y la previa VI Cumbre de Líderes Progresistas en Chile, cabe replantearse algunas cosas – como por ejemplo el dejar al sector financiero en su sitio, que es el de mantener como buenos, fieles y responsables burócratas que deben ser al sistema de fontanería económica, y punto.
Nota: por supuesto que todos los derechos de autor del artículo que traduje son de sus respectivos dueños – diríjase a The Atlantic para los permisos de reproducción pertinentes. Lo único que me atribuyo y me reservo, sin excepción, son los derechos de autor de la traducción cuyo texto adjunto, en su primera parte, aquí debajo. Si desea hacer referencia a esta traducción, hagan el favor de no copiar todo el texto, sino un extracto ‘de uso razonable’, con un enlace a esta entrada.
Ésta es la primera entrega de mi traducción del artículo (vea la segunda parte aquí):
Traducido del original aparecido en The Atlantic – publicado en su edición de mayo del 2009
El ‘crack’ financiero ha destapado muchas verdades desagradables sobre los Estados Unidos. Una de las más alarmantes, dice un ex jefe economista del Fondo Monetario Internacional, es que la industria financiera se ha adueñado en la práctica de nuestro gobierno – un estado de las cosas que más bien caracteriza a los mercados emergentes, y que en muchos casos es el meollo de las crisis propias de mercados emergentes. Si los profesionales del FMI pudiesen hablar libremente de los EE.UU., dirían lo que les dicen a todo país en esta misma situación: le recuperación fracasará, a menos que rompamos la oligarquía financiera que bloquea las reformas esenciales. Y si pretendemos evitar una auténtica depresión, se nos está agotando el tiempo.
Por: Simon Johnson / Traducción: Álvaro Degives-Más
El Golpe Sigiloso – Parte I
(Título original: The Quiet Coup)
Una de las cosas que se aprenden con bastante rapidez, cuando uno trabaja para el Fondo Monetario Internacional, es que nadie jamás está muy contento de verte. Lo más típico es que tus ‘clientes’ sólo pasan a verte cuando el capital privado les haya abandonado, cuando los socios del bloque regional comercial no lograron echar un cable con un salvavidas lo suficientemente fuerte, cuando los esfuerzos de último minuto por prestar dinero de amigos poderosos como China o la Unión Europea han fracasado. Nunca serás el invitado más esperado del baile.
Razón, claro está, es que el FMI se especializa en decirles a sus clientes lo que no quieren oír. Se supone que yo lo sé bien; he presionado a muchos oficiales gubernamentales en el extranjero para que aceptasen cambios dolorosos, durante mi estancia allí, cuando era el economista jefe en el 2007 y 2008. Y he sentido, al menos indirectamente, los efectos de la presión del FMI al trabajar con varios gobiernos de Europa del Este cuando pasaron por grandes dificultades después de 1989, y con el sector privado en Asia y América Latina durante las crisis surgidas a finales de los 90 y a principios de este milenio. A lo largo de ese periodo, y desde cada punto de vista, he visto de primera mano el flujo incesante de oficiales gubernamentales – de Ucrania, Rusia, Tailandia, Indonesia, Corea del Sur, y otros lugares – arrastrando sus pies camino al fondo, cuando las circunstancias eran pésimas y todo lo demás había fracasado.
Por supuesto, cada crisis es diferente. Ucrania hizo frente a una hiperinflación en 1994; Rusia necesitaba ayuda de forma desesperada cuando en el verano de 1998 reventó su estratagema de sustituciones consecutivas de deuda a corto plazo; la rupia indonesia se desplomó en 1997, casi arrasando la economía corporativa; aquel mismo año, el milagro económico de Corea del Sur que había durado 30 años se frenó en seco cuando los bancos extranjeros de pronto se negaron a conceder nuevos créditos.
Pero debo decirle que, para los ejecutivos del FMI, todas estas crisis tenían un deprimente aspecto de similitud. Obviamente, cada uno de estos países necesitaba un préstamo, pero más que eso, tenía que acometer grandes cambios para que el préstamo pudiese resultar eficaz. Casi siempre, los países en situación de crisis tienen que aprender a vivir a la medida de sus medios disponibles – han de aumentar sus exportaciones y recortar sus importaciones – y el objetivo es hacerlo sin recaer en la más terrible recesión. Naturalmente, los economistas del fondo dedican su tiempo al desarrollo de políticas – en materia presupuestaria, reservas y suministro de dinero y cosas así – que tengan sentido en ese contexto. Sin embargo, el llegar a la solución económica resulta muy difícil sólo en contadas ocasiones.
No: la auténtica preocupación de los ejecutivos a nivel superior del fondo, su mayor obstáculo para la recuperación, entraña casi invariablemente la política propia de los países en situación de crisis.
Lo típico es que estos países están en una situación económica desesperada por una sola razón: sus élites poderosas se excedieron en tiempos de bonanza, y se arriesgaron demasiado. Los gobiernos de mercados emergentes y sus aliados del sector privado suelen formar una estrecha y, en la mayoría de los casos, también refinada oligarquía que dirige el país más bien como una empresa con ánimos de lucro de la que controlan sus acciones. Cuando un país como Indonesia o Corea del Sur o Rusia crece, también lo hacen sus líderes empresariales. Siendo dueños de su pequeño universo, esta gente hace algunas inversiones que benefician claramente al conjunto de la economía, pero también comienzan a hacer apuestas mayores y más arriesgadas. Ellos suponen – en la mayoría de los casos, correctamente – que sus conexiones políticas les permitirá hacer recaer sobre el gobierno cualquier problema sustancial con el que se topen.
En Rusia, por ejemplo, el sector privado ahora tiene problemas serios ya que, a lo largo de aproximadamente los últimos cinco años, tomó prestado al menos $490.000 millones de bancos e inversores internacionales, asumiendo que el sector energético del país podría sostener un aumento continuo del consumo en toda su economía. Según los oligarcas rusos se gastaban este capital, adquiriendo otras empresas y acometiendo ambiciosos planes de inversión que generaban empleo, también aumentó su importancia para la élite política. El creciente apoyo político significaba un acceso mejorado a contratos lucrativos, reducciones de impuestos, y subvenciones. Y los inversores extranjeros no podrían estar más contentos: con lo demás en condiciones de igualdad, prefieren prestar dinero a gente que cuenta con el respaldo implícito de su gobierno nacional, incluso cuando tal respaldo dé un cierto tufo de corrupción.
Sin embargo, y de forma inevitable, los oligarcos de mercados emergentes se pasan; despilfarran dinero, y construyen enormes imperios de negocios sobre una montaña de deudas. Los bancos locales, a veces presionados por el propio gobierno, se prestan con demasiada facilidad a conceder créditos a la élite y a aquellos que dependen de ella. Siempre la cosa acaba mal cuando se excede al endeudarse con préstamos; sea un individuo, una empresa, o un país. Tarde o temprano, las condiciones crediticias empiezan a apretar, y nadie te prestará dinero bajo condiciones remotamente asequibles.
El espiral vicioso que viene a continuación tiene una caída particularmente empinada. Empresas gigantescas tambalean al borde de la bancarrota, y se colapsan los bancos locales que les prestaron dinero. Lo que antes se llamaban “empresas mixtas públicas y privadas” pasa a ser rubricado como “capitalismo de compinches.” Sin crédito disponible, le sigue un parálisis económico, y las condiciones sólo recaen de mal en peor. El gobierno se ve obligado a tirar de sus reservas en divisa extranjera para pagar las importaciones y los intereses sobre la deuda existente, y cubrir las pérdidas privadas. Pero tarde o temprano estas reservas se agotan. Si el país no puede enmendarse antes de que pase aquello, acabará incumpliendo su deuda estatal, y se convierte en un paría económico. El gobierno, en su carrera para detener la hemorragia, por lo típico se ve obligado a eliminar algunos de sus iconos nacionales – ya que sangran liquidez – y normalmente también a reestructurar un sistema bancario gravemente desequilibrado. En otras palabras, tendrá que estrujar como mínimo a algunos de sus oligarcas.
Sin embargo, rara vez resulta el estrujar a los oligarcas la estrategia preferida por gobiernos de mercados emergentes. Más bien lo contrario: al principio de la crisis, los oligarcas suelen estar entre los primeros que reciben ayudas extra del gobierno, por ejemplo mediante un acceso preferente a divisas extranjeras, o quizá una buena reducción de impuestos, o bien – y ésta es una técnica de rescate financiero clásica del Kremlin – la asunción de deuda privada por el gobierno. Bajo coacción, la generosidad hacia los viejos amigos puede adoptar muchas formas innovadoras. Y entretanto, teniendo que estrujar por lo menos a alguien, la mayoría de los gobiernos de mercados emergentes ponen su mirada primero en la gente común y trabajadora – al menos, hasta que se conviertan en demasiado generalizados los disturbios.
Al final, tal y como se dan cuenta ahora los oligarcas rusos de la etapa Putin, alguna parte de la élite tendrá que perder, antes de que pueda iniciarse la recuperación. Es como el juego de las sillitas: simplemente no hay suficientes reservas de liquidez para atender a todos, y el gobierno no se puede permitir adueñarse por completo de las deudas del sector privado.
Así que los profesionales del FMI le miran a los ojos del ministro de Finanzas, y deciden si el gobierno ahora sí va en plan serio. Al final, el fondo prestará dinero incluso a países como Rusia, pero quiere asegurarse primero de que el primer ministro Putin está preparado, dispuesto y capacitado para ponerse duro con algunos de sus amigos. Si no está dispuesto a echar a algunos de sus anteriores compinches ante la jauría de lobos, el fondo puede esperar. Y cuando lo esté, el fondo estará encantado de hacerle unas sugerencias útiles, especialmente referentes al quitar el control sobre el sistema bancario de las manos de los “empresarios” más incompetentes y avariciosos.
Por supuesto, los ex amigos de Putin se defenderán. Movilizarán a sus aliados, manipularán el sistema en su propio beneficio, y presionarán otras partes del gobierno, para obtener subvenciones adicionales. En casos extremos incluso recurren a la subversión, incluyendo ahí también el llamar a sus contactos en los estamentos estadounidenses de la política exterior, como hicieron los ucranianos a finales de los 90, con cierto grado de éxito.
Muchos programas del FMI “se salen de la trayectoria planificada” (un eufemismo) precisamente porque el gobierno no puede mantener el tipo duro con sus ex compinches, y la consecuencia es una inflación masiva u otros desastres. Un programa “vuelve a su trayectoria” una vez que el gobierno resulte victorioso o cuando los poderosos oligarcas se las arreglan entre sí al determinar quién gobierna – y por ende, quien gana y quien pierde – para el plan apoyado por el FMI. La auténtica batalla en Indonesia y Tailandia en 1997 era sobre cuáles de las familias poderosas iban a perder sus bancos. En Tailandia, el proceso se llevó a cabo con relativa calma. En Indonesia, conllevó la caída del presidente Suharto y el caos económico.
Por sus muchos años de experiencia, los profesionales del FMI saben que su programa sólo tiene éxito – estabilizando la economía y posibilitando el crecimiento – si algunos de los oligarcas poderosos, que tanto hicieron al crearse los problemas subyacentes, acaban pagando los platos rotos. Éste es el problema de todo mercado emergente.
La conversión en una república bananera
Por ser tan profunda y abrupto, la crisis económica y financiera recuerda en un grado chocante a los momentos que en tiempos recientes vimos en mercados emergentes (y solamente en ellos). Corea del Sur (1997), Malasia (1998), Rusia y Argentina (una y otra vez). En cada uno de esos casos, los inversores internacionales, movidos por temor a que ese país o su sector financiero no podía pagar su montaña de deudas, de pronto no les concedió más crédito. Y en cada uno de esos casos, ese temor se convirtió en una profecía que causó su propio cumplimiento, ya que los bancos, al no poder renovar sus deudas, de hecho se convirtieron en incapaces de pagar. Esto es precisamente lo que empujó a Lehman Brothers a la bancarrota el día 15 de septiembre, abundando en que se secara de la noche a la mañana toda fuente de financiación para el sector financiero en EE.UU. Al igual que en las crisis de mercados emergentes, la debilidad del sector bancario rápidamente se extendió al resto de la economía, causando una grave contracción económica y tiempos duros para millones de gente.
Sin embargo, hay una similitud mucho más preocupante: los intereses de la élite de negocios – en este caso de los EE.UU., financieros – jugaron un papel central en la creación de la crisis, haciendo apuestas cada vez mayores, con el respaldo implícito del gobierno, hasta producirse el colapso inevitable. Más alarmante aún, están usando su influencia para evitar precisamente los tipos de reforma que son necesarios – y de forma rápida – para sacar la economía de su caída en picado. El gobierno parece incapaz o indispuesto a actuar firme en contra de ellos.
A mucho banquero de inversión de élite y autoridad gubernamental le gusta culpar de la crisis actual a la bajada de los tipos de interés en los EE.UU. tras el colapso de la burbuja de internet o, mejor aún – en un ejercicio de “echar balones fuera” – en el flujo de ahorros de China. Algunos derechistas prefieren quejarse de [las ex empresas de capital abierto, ahora bajo tutela federal] Fannie Mae o Freddie Mac, o incluso de los tradicionales esfuerzos de promover la tenencia más amplia de una vivienda en propiedad. Y por supuesto que le resulta axiomático a todo el mundo que las autoridades reguladoras y responsables de la “seguridad y solvencia” estaban entretanto roncando a todo placer.
Pero esas políticas diferentes – la regulación en una versión ‘light’, el dinero barato, la alianza sino estadounidense no escrita, la promoción de la vivienda en propiedad – tienen todas una cosa en común. Incluso donde algunas de ellas se conectar tradicionalmente con los demócratas, y algunas otras con los republicanos, cada una de ellas benefició al mismo sector financiero. Se ignoraron o se rechazaron intentos de cambiar políticas que, quizá, hubiesen aplazado la crisis, pero que sí habrían limitado los beneficios del sector financiero – como por ejemplo los esfuerzos en 1998 ahora famosos de Brooksley Born, de someter a regulación las permutas de riesgo crediticio [los 'credit default-swaps'] en la Commodity Futures Trading Commission [agencia federal reguladora de mercados de valores de materias primas].
La industria financiera no ha gozado siempre de un tratamiento tan preferente. Pero durante aproximadamente los últimos 25 años, las finanzas han subido como la espuma, convirtiéndose en cada vez más poderosas. El ‘boom’ comenzó durante los años de Reagan, pero se vio reforzado por las políticas de liberalización bajo los mandatos de [William J.] Clinton y George W. Bush. Varios otros factores ayudaron a alimentar al ascenso de la industria financiera. La política monetaria de Paul Volcker durante los años 80, y la acompañante y creciente volatilidad de las tasas de interés hicieron que el comercio de bonos se convirtiese en mucho más rentable. Las invenciones de conceptos como la titulización de activos ['securitization'], permutas financieras de intereses ['interest-rate swaps'], y las permutas de riesgo crediticio aumentaron de forma muy importante el volumen de transacciones sobre las cuales pudieron obtener beneficio los banqueros. Además, una población cada vez más adinerada, y que se iba envejeciendo, invirtió cada vez más en valores cotizados en la bolsa, ayudada por el invento de la cuenta de inversión de jubilación ['IRA'] y los planes de ahorro para la jubilación, los 401(k). En su conjunto, estos desarrollos aumentaron enormemente las oportunidades de obtener beneficio en los servicios financieros.
[clic en los gráficos para una versión a mayor tamaño]
No resulta sorprendente que Wall Street se lanzó a aprovecharse de estas oportunidades. Desde 1973 hasta 1985, el sector financiero nunca obtuvo más de un 16 por ciento en ganancias corporativas. En 1986, esa cifra alcanzó el 19 por ciento. En los años 90 oscilaba entre el 21 y el 30 por ciento, lo más alto de cualquier periodo tras la Segunda Guerra Mundial. En la actual década, alcanzó el 41 po ciento. La remuneración subió de manera igual de espectacular. Desde 1948 hasta 1982, la compensación media en el sector financiero variaba entre un 99 y el 108 por ciento de la media para todas los sectores privados a nivel doméstico. A partir de 1983 subió vertiginosamente, alcanzando el 181 por ciento en el 2007.
Las grandes riquezas que el sector financiero creó y concentró dio a los banqueros un enorme peso político, que en los EE.UU. no se ha visto desde la era de J.P. Morgan (el hombre, no la empresa). En aquel periodo, el pánico bancario de 1907 sólo pudo ser parado mediante acción coordinada entre los banqueros del sector privado; ninguna entidad gubernamental era capaz de ofrecer una solución eficaz. Pero aquella primera época de los banqueros oligarcas tocó su fin con la adopción de una importante ley de regularización de la banca, en respuesta a la Gran Depresión; el resurgimiento de una oligarquía financiera estadounidense es bastante reciente.
El pasillo que une Wall Street y Washington
Claro está: los EE.UU. es algo único. Al igual que tenemos la economía, las fuerzas armadas y la tecnología más avanzadas de todo el mundo, también tenemos su oligarquía más avanzada.
En un sistema político primitivo, el poder se transmite por medio de la violencia, o su amenaza: golpes militares, milicias privadas, etcétera. En un sistema menos primitivo, como es típico en el caso de los mercados emergentes, el poder se transmite a través del dinero: sobornos, comisiones ilegales y cuentas bancarias en paraísos fiscales. Aunque la acción de bufetes de presión política y las contribuciones financieras a campañas electorales sí juegan un papel destacado en el sistema político de los Estados Unidos, la corrupción a la vieja usanza – sobres repletos de billetes de $100 – tiene probablemente poca relevancia hoy en día, pese a figuras como Jack Abramoff.
En lugar de ello, la industria financiera de EE.UU. obtuvo su poder político al amasar un tipo de capital cultural: un sistema de creencias. En un pasado, tal vez, existió una creencia según la cual lo que era bueno para General Motors lo era también para el país. A lo largo de la pasada década se implantó la idea que lo que es bueno para Wall Street también lo es para el país. La industria de la banca y el mercado de valores se convirtió en uno de los principales contribuyentes a las campañas políticas, pero en el punto álgido de su influencia, no tenía por qué comprarse los favores políticos de la misma forma en que, por ejemplo, sí tendrían que hacer quizá las empresas del tabaco o los contratistas militares. En su lugar, se benefició del hecho que quienes se desenvolvían en las tripas de Washington ya estaban convencidos de que la existencia de las grandes instituciones financieras y los mercados libres de capital era esencial para la posición de los EE.UU. en el mundo.
Uno de esos canales de influencia era, por supuesto, el flujo de personas entre Wall Street y Washington. Robert Rubin, quien en su momento era copresidente de Goldman Sachs, sirvió como secretario del Tesoro bajo el presidente Clinton, para convertirse más tarde en presidente del comité ejecutivo de Citigroup. Henry Paulson, el consejero delegado de Goldman Sachs durante su largo periodo del ‘boom’ se convirtió en secretario del Tesoro bajo George W.Bush. John Snow, el antecesor de Paulson, dejó el cargo para convertirse en el presidente de Cerberus Capital Management, una gran empresa de participación privada que también cuenta con Dan Quayle [vicepresidente bajo George H.W. Bush] entre sus directivos. Alan Greenspan, tras dejar la Reserva Federal, se convirtió en un consultor de Pimco, quizá la mayor empresa del mundo en el mercado internacional de bonos.
Estas conexiones personales se multiplicaron con creces en los niveles inferiores de las administraciones de los últimos tres presidentes, y reforzaron los lazos entre Washington y Wall Street. Se ha convertido en algo así como una tradición el que empleados de Goldman Sachs pasen al servicio público tras dejar la empresa. El flujo de ex empleados de – que incluye a Jon Corzine, ahora gobernador de Nueva Jersey, junto con Rubin y Paulson – no sólo situó en los centros de poder a personas con la visión propia de Wall Street sobre el mundo, sino que también ayudó a crear una imagen de Goldman (al menos, para los adentrados de Washington) de una institución que casi representaba una forma de servicio público.
Wall Street es un lugar muy seductor, imbuido de aires de poder. Sus directivos se creen de verdad que controlan las manivelas que hacen que gire el mundo. Se le podría perdonar a un funcionario de Washington invitado a una de sus salas de conferencias, aunque sólo sea por una reunión, por sucumbir ante su influencia. A lo largo de mi época en el FMI, me impresionó la facilidad con la que accedieron los líderes financieros a los oficiales más altos del gobierno de los EE.UU., y lo entramado que estaban las dos carreras profesionales. Me acuerdo muy bien de una reunión, celebrada a principios del 2008 y a la que asistieron los máximos responsables de política financiera de un puñado de países ricos – en la cual el presidente de turno con indiferencia proclamó – ante la aprobación generalizada de los asistentes en la sala – que la mejor preparación para llegar a ser gobernador de un banco central es el trabajar antes como banquero de inversión.
Toda una generación de responsables políticos ha estado hipnotizado por Wall Street, convencidos siempre y totalmente de que sea lo que dijesen los bancos era cierto. Son bien conocidas las expresiones de Alan Greenspan, a favor de mercados financieros sin regularización. Pero Greenspan no era el único. Esto es lo que en el 2006 dijo Ben Bernanke, el hombre que le sucedió: “La gestión de riesgos del mercado y del crédito se ha convertido en cada vez más sofisticada [...] Organizaciones bancarias, de cualquier tamaño, han logrado avances importantes a lo largo de las dos últimas décadas en su capacidad de medir y gestionar riesgos.”
Por supuesto, en su mayoría esto era ilusorio. Los reguladores, legisladores y académicos casi todos asumieron que los gerentes de estos bancos sabían lo que estaban haciendo. En retrospectiva, no lo sabían. La división de productos financieros de AIG, por ejemplo, logró en el 2005 beneficios por un importe de $2.500 millones antes de impuestos, en gran parte por vender titulizaciones por debajo de su coste real, con pólizas tan complejas como eran mal comprendidas. En muchos casos, se describe como “recoger monedas de cinco centavos delante de una apisonadora;” es una estrategia que durante los años normales da beneficios, pero resulta catastrófico en los años malos. En otoño del año pasado, AIG tenía pólizas que cubrían más de $400.000 millones en valores. Hasta la fecha de hoy, el gobierno de los EE.UU, en su esfuerzo por salvar la empresa, ha dedicado unos $180.000 millones en inversiones y préstamos, para cubrir las mismas pérdidas que el sofisticado sistema de modelos financieros de AIG dijo eran virtualmente imposibles.
El poder seductor de Wall Street incluso se extendió hasta (o se extendía especialmente hacia) los profesores universitarios de finanzas y economía, que históricamente siempre estaban limitados a trabajar hacinados en sus pequeños despachos universitarios en pos de premios Nobel. Según las finanzas matemáticas se convertían cada vez más en esenciales para la práctica financiera, cada vez más profesores aceptaron puestos como consultores o socios en instituciones financieras. Quizá Myron Scholes y Robert Merton, ambos premiados con un Nobel, hayan sido los más famosos; en 1994 ellos aceptaron puestos en el consejo de Long-Term Capital Management, antes de llegar aquel fondo a su conocido fin, hacia finales de la década. Pero muchos otros se labraron un camino similar. Esta migración puso un sello de legitimidad académica (y un aura intimidatorio de rigor intelectual) al mundo de las altas finanzas en plena expansión.
Según más y más ricos hacían su fortuna en las finanzas, el culto a las finanzas se filtró para adentrarse en la cultura general. Obras como En las puertas del poder ['Barbarians at the Gate: The Fall of RJR Nabisco'], Wall Street, y La hoguera de las vanidades ['Bonfire of the Vanities'] – todas ellas con la intención de ser una historia de escarmiento – no hicieron más que aumentar la mística de Wall Street. [El autor] Michael Lewis observó el año pasado en la revista Portfolio que, cuando en 1989 escribía Liar’s Poker, el relato de un testigo privilegiado sobre la industria financiera, tenía la esperanza de suscitar indignación con su libro ante la altanería y los excesos de Wall Street. En su lugar, acabó “hasta las rodillas de cartas de estudiantes de [la universidad] Ohio State que querían saber si tenía más secretos que compartir [...] Habían leído mi libro como un manual de instrucciones.” Hasta los criminales de Wall Street, como Michael Milken [condenado, entre otras cosas, por un fraude gigante con bonos basura] y Ivan Boesky [corredor de bolsa condenado por operaciones de información privilegiada], se convirtieron en figuras enormes. En una sociedad que admira y celebra la idea de ganar dinero, resultaba fácil concluir que los intereses del sector financiero eran los mismos que los intereses del país, y que los campeones del sector financiero sabían mejor lo que le conviene a los EE.UU. que los funcionarios de carrera en Washington. La fe en los mercados financieros libres se acrecentó hasta convertirse en sabiduría popular, que se proclamó con presunción, tanto desde las páginas editoriales del Wall Street Journal, como el propio Congreso de los Estados Unidos.
Desde esta confluencia de financiación de campañas políticas, conexiones personales e ideología, brotó todo un río de políticas de desregulación – tan sólo en la última década – que, en retrospectiva, resulta asombroso:
- La insistencia en el movimiento libre de capital a través de las fronteras;
- La revocación de normativas de la era de la Gran Depresión que separaban la banca comercial de la banca de inversión;
- La prohibición desde el Congreso del regular las permutas de riesgo crediticio;
- Importantísimos aumentos del coeficiente de endeudamiento permitido para los bancos de inversión;
- Una mano ligera ¿o quizá debería decir invisible? de la comisión supervisora del mercado de valores [la 'Securities and Exchange Commission'] al hacer cumplir sus normativas y reglamentos;
- Un acuerdo internacional que permite a los propios bancos medir sus índices de riego;
- Y una deliberada dejadez al no actualizar las normativas para ponerse al día con los tremendos pasos de avance de las innovaciones financieras.
El sentimiento que acompañaba estas medidas adoptadas en Washington parecía oscilar entre la indiferencia y una celebración en toda regla: se pensaba que, una vez desatadas, las finanzas continuarían propulsando la economía hasta alturas aún más elevadas.
Fin de la primera parte de la traducción – lean la segunda parte aquí
NOTA: el autor del ensayo, Simon Johnson, tiene su bitácora en BaseLineScenario.com – sugiero que, si ha gustado el ensayo, dejen un breve comentario de apreciación – al ser posible en inglés, ya que no estoy seguro que lo entienda bien en español – en su entrada en la que anunció la publicación de su ensayo.
Notas:
- En la nota a pie del artículo en The Atlantic, se aclara que en la elaboración del ensayo también colaboró James Kwak [↩]
Resumen de enlaces usados en esta entrada:
Etiquetas: Economía, FMI, Finanzas, Fondo Monetario Internacional, Simon Johnson, The Atlantic, análisis, banca, corrupción, crisis financiera, español, traducción



Marzo 29th, 2009 a las 03:21
Excelente, don Alvaro, espero ansioso la segunda parte.
Marzo 29th, 2009 a las 03:34
Información Bitacoras.com…
Valora en Bitacoras.com: No hay resumen disponible para esta anotación…
Marzo 29th, 2009 a las 04:16
Muchísimas gracias por tan buen trabajo.
Marzo 29th, 2009 a las 16:50
Muchísimas gracias por el espaldarazo… La verdad es que he ido trabajando muy deprisa, y aún me queda por pulir unos gazapos, fruto de la rapidez del tecleo – pero sí, efectivamente creo que tanto el enfoque como la propia lectura de los hechos presentados por el Sr. Johnson merecen una difusión bien amplia. Me resultó una ducha refrescante leer su liviana, muy accesible y sumamente clara presentación, y espero que aporte su granito de arena para desmitificar el mundo demasiado enturbiado de las finanzas, y poner coto y orden en un mercado que, por necesario que sea para el intercambio socio económico, tiene un papel servidor.
Es hora de volver al trabajo honesto, con niveles de remuneración y de riesgo compartido acordes con una sociedad que desea sobrevivir otro milenio, y dejar atrás esa mentalidad de langostas en frenesí de consumir todo lo que se le ponga delante.
A los financieros y banqueros, en su banquillo.
Ahora, manos a la obra para poner la segunda parte…
Marzo 31st, 2009 a las 07:40
[...] Kwak mencionan en su magnífico ensayo, El Golpe Sigiloso que traduje el pasado fin de semana (Parte I y Parte [...]