Piratería: la razón de los capitalistas
by nv1962, on Saturday, June 28th, 2008 at 6:30 pm - filed under: Internet.El domingo de la semana pasada apareció en El País un comentario de Santiago Pindado, en respuesta a un artículo de opinión firmado por José María Irisarri, que en sus esencias pone el problema nuclear y su solución a los pies de la cultura: la mentalidad, que mediante un fuerte ejercicio de educación podría ser cambiada para volver a ajustarse a una situación más propensa a los intereses empresariales del propio José María Irisarri - quien no del todo casualmente resulta presidir el grupo de empresas de producción audiovisual Vértice 360.
De por sí, ni me preocupa ni mucho menos me parece mal que el Sr. Irisarri salga a la palestra para defender netamente sus intereses. Lo que sí me preocupa es que maneja como argumento central el de la decadencia cultural como causa para una pretendida acción correctiva para salvaguardar una industria que pasa por unos momentos delicados.
Mi frontal rechazo del argumento cultural viene infundada más que nada por una tremenda aversión al inmiscuir claves étnicas en un tema de índole económico. Más claro, agua. ¿A qué viene apelar a la cultura cuando se trata de un sobradamente constatado declive industrial? Si bien es cierto que la industria de “producción de contenidos” va mal, más cierto aún es que tal declive en ingresos per cápita se reproduce a escala mundial. Lo siento, pero incluso estirando el concepto de “cultura” hasta abrigar a todo ser humano, me parece que el problema no es el que se deriva de una decadencia, sino la propia decadencia.
Si esa industria no es capaz de competir, es que se muestra más que obsoleta, un estorbo de la evolución. Me infunde una incontrolable risa ver cómo un capitalista apela a la metafísica cultural como reclamo para un deseado intervencionismo protector, a modo exculpatorio de una supina incompetencia.
A mis cuarenta y seis tacos, creo poder hablar con cierto conocimiento de causa cuando le recuerdo al Sr. Irisarri que la mercadotecnia no está para compensar o menos aún subsanar defectos empresariales, sino para explotarlos. Si no puede competir, salga del mercado; los negocios y el masoquismo no se mezclan ni bien ni con provecho, oiga.
Y es que tampoco estamos ante un fenómeno muy novedoso; por mucho que se hable de “nuevas tecnologías” como justificación de retratos de situación caracterizados como “complejo”, “internacional” y “dinámico”, lo que estamos viendo con el tema de la piratería informática (es decir, la que se mueve por y gracias a las tecnologías de la información y las comunicaciones, las TIC) es una mera reencarnación de una ancestral tradición.
Cuando hace ya medio milenio irrumpió sobre el escenario mundial una nueva potencia, barriendo límites geográficos para multiplicar las tradicionales y hasta entonces conocidas y aplicadas escalas del poder político, había quien en un principio no se preocupó entre sus potenciales rivales, ya que “sólo” se trataba de un crecimiento mediante “nuevos” y hasta entonces desconocidos territorios. Como no estaba directamente en jaque su propio terreno ¿para qué preocuparse de lo que hacían o dejaban de hacer esos raros ibéricos?
Evidentemente e inevitablemente, el flujo concéntrico de enormes riquezas abundó en su vertiente político; ahí está el argumento génesis de toda rivalidad geopolítica, bien sea en el entonces Viejo Mundo o en la actualidad, reflejada por el (al menos aún) sobresaliente poderío económico y, por ende, político de los Estados Unidos. El caso es que los rivales de la entonces boyante superpotencia recurrieron al método asimétrico de la piratería, en un intento de nivelar lo que los mecanismos convencionales no pudieron.
¿Hay quien niegue que el génesis de las posteriores superpotencias se nutría precisamente de tal picaresca institucional? Tanto en lo económico (véase los Países Bajos) como en lo político (el Reino Unido) los rivales se beneficiaron enormemente al redistribuir riquezas por medios legalmente cuestionables. Por supuesto, y siendo riguroso, no cabe la menor duda que el éxito de los países pirata les sirvió para convalidar el elegido método esdrújulo como subsanado hasta declararlo legítimo, por ello del fin que justifica los medios - sobre todo tratándose de las partes victoriosas en una larguísima pugna por el crudo poder.
Retomando el tema de la piratería informatizada, podríamos trazar esa línea hasta el caso de China, o incluso la India. ¿Quién se habría imaginado hace un siglo, o incluso medio siglo, que hoy en día el epicentro del poder económico global se traslada con creciente vigor hacia Asia? Sin embargo, la realidad económica (que, según sostengo, se verá acompañada pronto por una poderosa vertiente política) ilustra cómo el clásico tríptico romano de emular, igualar y superar se aplica con igual relevancia hoy que en los días de Julio César. Más aún en el caso de China, donde además cabe destacar que sus esfuerzos titánicos se nutren de un fuerte componente de piratería en un lógico afán de “emular” las potencias de referencia del momento.
Se mire como se mire el salto cuántico que el gigante asiático está dando, una parte muy sustancial de su base tecnología viene tomada “prestada” de otros países.
Con todo eso, no quiero decir más que no hay ni razón ni lugar para hablar de “cultura” cuando se trata del resultado neto de un déficit de poder adquisitivo - necesario para hacerse con los bienes deseados por “la vía normal” - que procura, con la inevitable lógica del deseo de la supervivencia, abrirse un camino vetado de otras formas.
Si las empresas productoras de “contenidos” no son capaces de organizar mecanismos asequibles de distribución, la mano invisible del mercado se ocupará de igualar el campo, por A o por B. Y en lugar de lloriquear por las riquezas perdidas, o peor aún: clamar ante los cielos de la Justicia terrenal, más les cabe replantear su negocio - antes de que desaparezcan del todo y se les niegue para siempre su última oportunidad de supervivencia.
El quid de la cuestión no es otro que el de sus precios prohibitivos. No hay más a qué o dónde mirar para encontrar soluciones prácticas: o resuelven el escollo económico, o desaparecerán como deben desaparecer, siendo inadecuados dinosaurios, devorados por criaturas a una escala mucho más pequeña pero mucho más numerosa y, más que nada, muy superior en eficacia. Quien abogue por elevar los muros de contención y, con ello, también el precio final de salida al mercado, en realidad propugna la extinción de la especie. Son un escollo temporal, inútil para la evolución natural.
Ésa es la razón fundamental por la que estoy en pleno acuerdo con el argumento presentado por Santiago Pindado.
La verdad es que me resulta penoso que el Sr. Irisarri se muestre un gerente de poca visión y mayor sordera - al margen de la mayúscula ironía de tratarse precisamente de un empresario del sector audio visual - al reclamar cambios en la “cultura” de la gente, y encima abogar por políticas netamente represivas (como sus aplausos para la “ley Sarkozy” que corta el acceso a internet a los culpables de descargar y distribuir contenidos pirateados ¿se imagina una prohibición de ver la televisión y/o leer periódicos para quien copie y difumine contenidos ilegales como del convicto Federico Losantos?).
El Sr. Irisarri vive a espaldas de la realidad, en una sociedad de horizontes cada vez más amplios. O se baja del burro y trabaja para que se reduzca el precio de sus productos, o acabará consumiendo su ineptitud.
Para finalizar esta larga tanda de consideraciones, ofrezco el caso de China, aunque sea en inglés (lo siento, es que me cuesta horrores encontrar contenidos de igual calidad en español). Durante la semana pasada escuché en la cadena de radio NPR, en su matutino programa de actualidades Morning Edition, tres reportajes que retratan precisamente esa encrucijada de la realidad empresarial frente a la realidad popular en ese enorme país. Ese enlace permite tanto escuchar los tres reportajes, como leer sus artículos condensados correspondientes. Al margen de interesantes como reportaje, tienen una tremenda claridad: la pandémica piratería de DVDs evolucionó hasta tal punto que los propios vendedores piratas están desesperados por la “competencia” que les hace la distribución gratuita (y por supuesto, ilegal) de contenidos, sobre todo por medio de redes P2P.
O sea: hasta los propios piratas se ven “amenazados” por su propio negocio. La respuesta de los grandes productores de “contenidos” (llamémoslos la industria de Hollywood) viene, desde hace tiempo, marcada por una política de vertiente doble. Por una parte, procuran “incentivar” las autoridades chinas para que den mayor prioridad al perseguir canales de distribución de copias piratas de DVD (y eso, curiosamente o no, va a caballo del conocido esfuerzo de las mismas autorizadas por controlar y censurar la red de redes). Por otra parte, desde hace algunos años, ofrecen sus productos a un precio muchísimo más reducido que en su mercado doméstico: los DVD “legales” se venden en China a unos $15 cada uno - compárese con el precio de venta en EE.UU. o en Europa. No sólo eso, sino que la enorme cadena Wal-Mart se ha lanzado a producir (bajo licencia, claro está) localmente en sus propias macrotiendas en China copias de DVD, para bajar el precio más aún.
También es conocido el caso de Microsoft que hace casi un año decidió respaldar las ventas “legales” de su sistema operativo Vista con una espectacular bajada de precio, hasta un 67%.
Me parece que tanto Microsoft como Wal-Mart poseen más sentido común, más experiencia y más ganas de supervivencia (avaladas con unas cotas de mercado imponentes) que el Sr. Irisarri y sus correligionarios, obsesos en recorrer todo el camino hasta su extinción.
Quizá deberíamos quejarnos menos, y simplemente dejarles, para que nos libren ellos mismos de su presencia…










































