Ecos y simetrías de memoria histórica
No se, pero me da algo de repelús leer, en la noticia acompañante de la propuesta del Presidente francés Nicolas Sarkozy de institucionalizar en formato didáctico la memoria de las víctimas del holocausto a manos de los nazis, una sardónica y oblicua descalificación como electoralista según se desprende del párrafo que abre la misma:
Nicolas Sarkozy ha decidido aparcar los avatares de su vida privada e involucrarse en la campaña de las elecciones municipales, en las que su partido podría sufrir un descalabro similar al que padece su popularidad en la opinión pública francesa. Esta semana se ha multiplicado en desplazamientos y ha realizado propuestas de todo tipo. La penúltima, la de confiar durante un curso a los alumnos de quinto de primaria (10 años) la memoria personalizada de cada uno de los 11.000 niños judíos franceses que perecieron en los campos nazis durante la II Guerra Mundial, ha generado una enorme polémica y un rechazo casi generalizado.
Sea como fuere la circunstancia que motivó la propuesta, de por sí no me parece mal, ni merecedora de “un rechazo casi generalizado”. Matices, sí que se pueden hacer: por ejemplo, la idea de cargar sobre la conciencia de una criatura de 10 años la identidad individualizada de un niño asesinado vilmente, por órdenes y una organización escalofriante de la deshumanización hecha realidad. Aún así, podría argumentarse que la enseñanza de Historia, con hache mayúscula, pasa precisamente por hacerla tangible, palpable, humana. Y allá donde se trate del más puro horror colectivizado, la esencia didáctica del nunca más pasa por entender que la libertad exige, más allá de eterna vigilancia, un compromiso personal con su defensa.
Lo que quiero decir es que, más allá de la propuesta concreta, me parece una buena idea, como punto de partida de una reflexión más amplia sobre la espinosa y harta complicada cuestión del encaje de los peores errores del pasado en la preparación de ciudadanos para un futuro libre de los mismos. Al mismo tiempo, reconozco también la valía de quienes argumentan en contra que hay formas y momentos de plantear tales tremendos proyectos de concienciación en el marco del sistema escolar público. No estoy lo suficientemente bien situado como para apreciar si, efectivamente, se trata de o bien “un rechazo casi generalizado”, o un conjunto más o menos grande de críticas a determinados aspectos de la propuesta del señor Sarkozy, con una aproximación de grado diferenciado en cuanto a su propósito final, la mencionada concienciación. Simplemente me quedo en esa observación: no me parece idea mala.
Sin embargo, hay otro contexto de fondo que me condujo a poner estas líneas: me recuerda, aún salvando las distancias y matices pertinentes, a la cuestión de la Ley de memoria histórica. Y es que se presenta rica la contraposición de situaciones: en Francia, la mencionada propuesta es fruto de un Presidente de centro derecha, al tiempo que la iniciativa hecha Ley en España se produjo por iniciativa de un presidente de Gobierno de centro izquierda. En Francia, voces importantes de la izquierda arremeten contra la idea; en España, es la derecha la que se hizo de adalid de una resistencia muy áspera.
En ambos casos, me parece que cabe una aproximación más calmada de los críticos de una y otra iniciativa. De lo contrario, corremos el riesgo de que nuestros hijos se queden con el triste doble recuerdo, de las víctimas de terrorismo socializado, y de los berridos histéricos contra su solemne recuerdo.
Matices aparte, me parece loable la idea de Sarkozy, sea él de izquierdas o derechas, y sea cual sea el origen y contexto de la misma. Para eso están las campañas: para hacer propuestas al electorado, y que éste delibere y después vote soberanamente en consecuencia. El mero hecho de tratarse de una propuesta realizada en época de (pre)campaña no cabe ni debe ser empleado como argumento para descalificarla sin más por “electoralista”.
A eso lo llamo yo demagogia estéril, además de contraproducente. La cuestión de fondo se merece un trato con un respeto mayor.
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