Ese bajo perfil de España en los Estados Unidos…
by nv1962 ~ December 3rd, 2005. Filed under: España.Acabo de leer un artículo divertidísimo en El País, de la mano de William Chislett, titulado ‘El bajo perfil de ESpaña en los Estados Unidos’. Es un ejercicio interesante, aunque tan incompleto en su presentación que, precisamente por coincidir en su argumento central, hasta me superó la resistencia a darle una vuelta más a la bitácora.
En el artículo, el Sr. Chislett parte de una patente verdad: en el país de jolibú existe una baja cota de interés por España. Al comienzo de su exposición, dice así:
El español es con mucho la lengua extranjera que más se estudia en las escuelas de enseñanza secundaria y en las universidades de EE UU. España es el tercer país más popular del mundo, tras el Reino Unido e Italia, entre los estudiantes americanos que estudian fuera, y el programa Fulbright para España, iniciado en este país en 1958, es actualmente el tercero más grande del mundo, por presupuesto y número de estudiantes españoles que van a Estados Unidos y de americanos que van a España cada año, tras Alemania y Japón. Sin embargo, dados estos factores, así como la historia compartida -España jugó un papel decisivo en la Revolución Americana de 1775-1783 luchando contra Gran Bretaña-, resulta extraña la escasa presencia en Estados Unidos de instituciones españolas dedicadas a promover la lengua, la historia y la cultura españolas, y para qué hablar de la visión unidireccional de la participación extranjera en la Revolución. Los niños americanos aprenden en la escuela quién fue el francés Gilbert du Montier, marqués de Lafayette, que luchó en la Revolución contra los británicos, pero poco o nada, por nombrar a alguien, sobre el español Bernardo de Gálvez, que fue gobernador de Luisiana, y cuyas tropas ocasionaron serios daños al poder naval británico en el Caribe y el Golfo de México, ayudando así de forma indirecta a la causa de los rebeldes.
Según apunta, el rápido crecimiento de la población hispanoparlante en los Estados Unidos abunda en un lógico y evidente efecto paralelo en su presencia lingüística y cultural en este país, circunstancia que, por indirectas, sugiere él que podría ser aprovechada como magnífica oportunidad para vender la imagen de España por acá, país de mi residencia actual.
Hasta ahí, tudo bem, como dicen en São Paolo. Aún con todos los matices que caben introducir ahí, es una observación bastante cuerda. Además de mencionar lo que ve (y veo) como deficiente presencia de organismos y organizaciones lingüístico culturales patrocinados por España en los EE.UU., aporta este dato cuasi anecdótico, por no decir deliciosamente sonrojante, sobre los esfuerzos españoles de establecer una respetable presencia institucional en general:
España hoy sólo tiene unos 200 diplomáticos más que bajo Franco, número claramente insuficiente, si tenemos en cuenta que con Franco no había relaciones con muchos países.
Otro golazo, diría yo. Tiene toda la razón cuando afirma que “Lo que hace falta, por ejemplo, son más centros del Instituto Cervantes.”
Pero a partir de ese punto, a llorar. Escribe el Sr. Chislett a continuación: “Fue el escritor Washington Irving (1783-1859) quien llevó a España al gran público.” Sea quien fuere la señora Irving, no estoy del todo seguro que la actual negligencia benévola estadounidense pueda conectarse hoy seriamente con un determinado autor del Siglo XIX. Por ejemplo, Edgar Allan Poe con sus archiconocidos cuentos de horror arraigados en la época de la Inquisición también ayudó a fomentar esa imagen de país afortunadamente extranjero. Santo quien igualmente se maraville por el contraste de percepciones en el extranjero, entre hoy y entonces, a pesar de las historias de Poe…
Y cuando cruza el puente de lo cultural a lo comercial, peor aún lo deja:
Una de las consecuencias económicas más preocupantes de la débil imagen de España en Estados Unidos es que, fuera de las pocas zonas donde el país es bien conocido, sus productos son frecuentemente identificados como procedentes de América Latina y no de Europa. Éste es uno de los factores que hay detrás del bajo nivel de exportaciones españolas a Estados Unidos [...]
El caso es que no habla en balde. William Chislett es muy conocedor tanto de la situación económica de los países iberoamericanos como de las enormes inversiones españolas en esa región que es tan impresionante como vasta. El mismo escribió un interesantísimo libro, publicado en el año 2003 por el Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos, en el que profundiza precisamente en el tema de las inversiones españolas en Iberoamérica. El título de ese libro es Spanish Direct Investment in Latin America: Challenges and Opportunities. Pues bien, como demuestra ese enlace, aquel libro no solamente se ofrece gratis a través de la red internet — sin coste ni siquiera obligación de registro alguno — es que además se ofrece en inglés. Más que un gesto simbólico, los gastos sufragados por el Instituto Elcano por ofrecer ese análisis detallado y riquísimo en datos, insisto: sin coste y en inglés, demuestran perfectamente el grado de compromiso institucional en España con el propósito de facilitar y mejorar el entendimiento a nivel internacional de los estrechos y profundos vínculos transatlánticos que nos unen, y que se también se plasman en datos y hechos cuantificables, en lo económico.
Volviendo al tema del artículo, lo que pasa es que esa relación extraordinariamente privilegiada es geográficamente diagonal, no recta; nos conectamos más rápidamente y mejor entre los países iberoamericanos, que con los yanquis. Resulta pues que el relativo menosprecio norteamericano — que Chislett también mencionó — por productos de hispanoparlantes es mutuo.
Me parece que más allá de hermosos anuncios publicitarios para animar la venta de patas de jamón de Jabugo o aperturas igualmente aconsejables de centros musico gastronómicos — vean sino cómo los bárbaros por aquí colocan descaradamente a Paco de Lucía en la categoría ¡de Jazz! — lo que habrá de cruzarse primero es el puente cultural y, más que nada, político. El artículo de Chislette termina en esta frase:
Ni siquiera los intentos de Aznar de arrimarse a la Casa Blanca levantaron las exportaciones, ni mucho menos el perfil de España allí.
Precisamente al final es cuando pone el dedo en la mismísima llaga. Allá donde realmente debería haber mostrado mayor empeño en hurgar, se inmuta Chislett, dejando colgado en el aire la total desconexión entre la comunis opinio en los Estados Unidos y — en este caso — España, en un tema de enorme relevancia e igual actualidad para la cuestión de las relaciones bilaterales: las diferencias en el comportamiento básico a nivel internacional.
Una cosa es admitir la simple obviedad que, hoy por hoy, EE.UU. mantiene una posición de fuerza indiscutible a nivel mundial; es el que actualmente más manda en el escenario mundial. Igual que con todos los imperios habidos y seguramente aquellos por haber, eso atrae a todo tipo de aspirantes de palacio, que por salir en la foto con el nuevo emperador se dejan hasta la dignidad nacional:

(La dichosa ‘foto de las Azores’ de Bush con Blair y Aznar, tomada justo antes de la guerra de invasión y ocupación de Irak.)
Casi como en los siglos que afortunadamente ya caen muy lejanos, en los que la imperial corte española atrajo a tipejos de similar plumaje, y que entonces también buscaron su particular negocio en el Nuevo Mundo, con propósitos tan grotescos e inhumanos como, por ejemplo, para conseguir la franquicia con exclusividad territorial concedida para la captación y el transporte encadenado de seres humanos para labrar forzadamente y hasta la muerte como esclavos en los nuevos latifundios americanos.
Allá donde exista una opinión bastante compartida en que esa categoría de hechos históricos nos parece hoy una barbaridad, casi no puede haber mayor discrepancia ante lo que está sucediendo hoy en día en Irak. Ese país tenía muy, pero que muy poquito que ver con los atentados del 11-S; no se ve así de claro en los EE.UU., ni siquiera dos años después de quedar mundialmente patente la sarta de mentiras, tergiversaciones, ocultaciones, perversiones y manipulaciones por justificar una guerra santa por conquistar la tierra del Eufrates y el Tigris, patrimonio y cuna cultural de la humanidad.
A los pocos días de los atentados del 11-M en Madrid, el electorado español se sacudió de encima a uno de los mayores testaferros de la sarta de mentiras, tergiversaciones, ocultaciones, perversiones y manipulaciones, además con un subidón bastante notable de participación en el voto. En cambio, ni tres años sirvieron después del 11-S para que entre los votantes en EE.UU. cundiera la idea de que tal vez su Mister President no es el más indicado para hacer frente a situaciones de crisis de gran magnitud y complejidad. Vamos, que ni la participación electoral se vio aupada por la idea de que elecciones en tiempo de crisis son cosas serias, como en cualquier país serio.
Podría mencionar la actual ola de indignación en el exterior de los EE.UU. sobre los campos de concentración distribuidos por el mundo pero controlados desde Washington, con vuelos de transporte irregulares incluidos para llevar presos de un estado jurídico de limbo kafkiano a otro, o el uso deliberado de fósforo blanco como arma contra una ciudad. O mucho más genéricamente, ante el tema de la pena de muerte. Por no mencionar la opinión sobre cooperación entre gobiernos en la protección medioambiental, vamos: Kyoto.
El que muchas personas en EE.UU. tengan una idea más o menos peyorativa de sus compañeros de continente, desde mi punto de vista, no hace más que confirmar que tal actitud de desprecio no es ni específico para con un país determinado, como podría ser España, ni tampoco sorprendente si se considera como actitud que caracteriza al típico ciudadano de imperio, que está muy vista ya, desde Roma para acá.
Se mire por donde se mire, el caso es que existe un abismo politico cultural que separa Washington de Madrid. Francamente, y vistas las cosas como son, a mi parecer ese abismo es tan comprensible como ineludible. Más vale guardar las distancias, que las fotos en grupo con emperador desnudo incluido siempre salen caro, carísimo.
Particularmente, por mucho que eche de menos aceite de oliva de las buenas, o café torrefacto, o cómo no: mi cervecita Mahou, no estoy dispuesto a pagar el precio que correspondería a tenerlos a mano aquí, en EE.UU.
Teniendo en cuenta que según dicta inexorablemente la Historia, el cuento de todos los imperios — tarde o temprano — toca su fin. Por tanto, paciencia y la visión estratégica de invertir en y compartir con nuestros hermanos en Iberoamérica no es sólamente cuestión de genio común, es estrategia de gran sentido común, al tratarse de cooperar con miras en el presente y el futuro.
Sobran los negocios con rendimiento proyectado a corto plazo; que se queden solitos con su jolibú de referencia, oiga. Hay cosas más importantes de que preocuparse, como es el propósito de fraccionar el país con interpretaciones viscerales de patria o muerte, de mezclar religión y política, de privilegios exclusivos protegidos por el Estado. Mira por donde surge otro paralelo con los pretendidos cortesanos del pasado…










































