Verde, y con asas
Hay un lugar y un momento para las gruesas confrontaciones partidistas; a veces, las cosas hay que decirlas como son. Sin tapujos ni rodeos, así es como se transmite claridad a los constituyentes en asuntos que definen y demuestran la fibra moral con la que uno se aproxima a la responsabilidad de vigilar al estado por medio del ejecutivo, y con ello el estado de salud de una democracia.
Bien se sabe que la señora Condoleezza Rice tiene todos los papeles de hacerse con el puesto de Secretaria de Estado. El procedimiento de confirmación parlamentaria en su nuevo cargo, vista la distribución de escaños favorable a los republicanos, es preso del tiempo y no de dudas sobre la voluntad mayoritaria. Las cosas como son: con un superávit electoral de más de tres millones de votos para el reelegido Presidente, una ganancia de cuatro escaños para los republicanos en el Senado, y otros tantos en la Cámara de Representantes — son cuatro por el momento, ya que se disputa el escrutinio de otros tres cuyo reparto aún permanece en limbo — no hay quien pueda negar el claro mandato con el que pueden obrar los del elefante.
Pero de ahí a esperar o exigir que los representantes miembros del partido de la oposición adopten posturas sumisas, de meros figurantes en un coro de aplausos al régimen bushista - eso tampoco. Lamentablemente, y por muchas razones que llevarían demasiado lejos para el propósito de estos apuntes, el escenario político en este país no suele prestarse para declaraciones de fe en el Congreso (término que por cierto, y a diferencia de su institución homónima en España, se refiere a las dos cámaras parlamentarias.)
Ni siquiera carreras electorales sirven para dilucidar los valores fundamentales de sus señorías, más allá de cruces verbales y recriminaciones sobre una falta de lo uno o excesos en lo otro, en un tema particular o en otro. La búsqueda del votante moderado conduce a una sorprendente situación de poca claridad en lo político ético, presentada con un estruendoso intercambio de fuegos artificiales, pero eso sí: en la que se pueden distinguir los adversarios nítidamente (por no decir únicamente) por la D o R que se lleven en el ojal. Todo enmarcado en un profundísimo respeto institucional, a veces diría hasta aplastante, y que en más de una situación confunde lo propio con lo apropiado. Las formas, sus señorías, las formas. Os pueden demasiadas veces.
Y eso es lo habitual, lo típico. Pero cuando se trate de asuntos de mayor calaje, por ejemplo la decisión de otorgar un amplísimo poder solicitado por el Presidente de iniciar una guerra a falta de pruebas concluyentes que demuestren una causa ineludible, cabría dudar de la cordura de traducir tal responsabilidad como una obligación al silencio. En fin, la decisión de invadir y ocupar Iraq se tomó, y ahora toca bregar con las consecuencias.
El caso es que ahora, cuando toca debatir la idoneidad de la candidata Rice al puesto de interlocutor a la diplomacia internacional, la ocasión de recordar el dudoso papel que desempeñó ella para justificar, erre que erre, que la guerra contra el régimen de Sadam primero y la costosísima ocupación después sean una lógica respuesta a los hiperatentados del 11-S. De tratarse de fervor de la señora consejera de seguridad nacional, uno podría correr un tupido velo, con o sin la nariz tapada. El problema es que la señora Rice ha mostrado en repetidas ocasiones que o bien no puede o no sabe distinguir entre propaganda, mito, mentira ni la pura verdad.
Bien es cierto que no fue ella la única. Es dificil olvidar la sensación de perplejidad ante el show montado por el entonces Secretario de Estado Colin Powell, en tiempo real y ante las Naciones Unidas, aquel fatídico 5 de febrero del 2003. De hecho, la marcha forzada de la primera administración del Presidente Bush a la guerra en Iraq pasó por un sin fin de faltas a la verdad. Existe hasta un gráfico que sobrepone el paso del tiempo y la evolución en el número de mentirijillas gubernamentales sobre Iraq, y demuestra de manera espectacular el frenesí por invadir Iraq. El pico en el otoño del 2002 coincide curiosamente, o tal vez no tanto, con los debates en el Congreso pertinentes a la cesión de poderes de guerra. (Por cierto, ese gráfico procede de un artículo de la teniente coronel del ejército Karen Kwiatowski, ahora retirada, que desde muy cerca vivió en el Pentágono cómo se dio a torcer el brazo hasta a los mandos de las fuerzas armadas para forzar una guerra sobre una base más que dudosa, imaginaria.)
Henry Waxman, representante por California en la Cámara, hasta llegó a compilar una base de datos en la que documenta, caso por case, la sarta de mentiras, ocultaciones, verdades tergiversadas y otros tipos de declaraciones engañosas, hechas en público por los máximos responsables en la administración estadounidense por la carrera a la invasión en Iraq: el Presidente Bush, el Vicepresidente Cheney, el Secretario de Estado Powell, el Secretario de Defensa Rumsfeld, y la persona que con mayor estridencia insistió en una letal amenaza procedente de Iraq: la Consejera de Seguridad Nacional, Rice. El contenido de la base de datos también se ofrece como documento PDF.
Avancemos rápidamente a la actualidad. Resulta pues, que ahora hay demócratas que no se cortan un pelo al definir su impresión de la idoneidad como Secretaria de Estado de la señora Rice (que encima se pavonea insistiendo en que se la llame doctora Rice pese a sus múltiples deméritos al rigor y la integridad académica de la que tanto gusta derivar laudos. Curiosa obsesión, esa de vestirse con plumas traicionadas…) Al caso de hoy, concretamente, me remito con esta crónica de la agencia AP, publicada por la cadena ABC News, y que lleva un titular que lo dice todo bien clarito:
Senadores demócratas atacan Rice por su papel en la política sobre Iraq, la llaman mentirosa y apologista de Bush
Más claro, agua. Pero claro, este amago de sinceridad por parte de algunos senadores demócratas no solamente viene sobre mojado, lo tristemente cierto es que el resto del mundo se las tendrá que apañar con la señora Rice, sí o sí. Y encima, el que se presente con una mayor disposición receptiva a la opinión de los gobiernos amigos.
En fin, que si rectificar es de sabios, tonta la enmienda que se presenta.
Hay — y habrá — que joderse.
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