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La última equivocación en Afganistán: zarandeo estéril del Gobierno de Bush

En cuanto a Afganistán, soy de los que abogan por que los países europeos actúen con un perfil más claro y contundente; ni sirve escudarse en los catastróficos errores de planteamiento del Gobierno de Bush — desde la decisión de empecinarse con invadir y ocupar Irak, hasta la decisión de acometer tanto en Afganistán como Irak un nivel claramente insuficiente de medios como para imponer un escenario posterior favorable en la lucha contra el terrorismo yihadista — ni se sirven en absoluto los intereses de los europeos al permitirse que fracase la misión en Afganistán.

Pero de ahí a consentir que se empleen tácticas de zarandeo para lograr un nivel de participación mayor, tampoco. A diferencia de lo que seguramente le guste transmitir el secretario de Defensa de EE.UU., Robert Gates, el Gobierno de Bush no está en condiciones de exigir ni de exhortar nada a nadie para salvar los muebles de su fracaso por mísero en Afganistán. Si, en lugar de invadir y destrozar inútilmente a Irak, se hubiese optado por aceptar la invitación abierta y tendida por todos los integrantes de la Alianza Atlántica tras los atentados del 11-S para acabar con el avispero de los talibanes en Afganistan, de cuajo y de forma colectiva con la ayuda de otros socios vitales en la región, no estaríamos ni ante una actual situación de adjudicación de fuerzas de hecho raquítica, ni de entrada ante un problema de la magnitud que se presenta, ya que se habría resuelto con éxito y holgura, y estaríamos ante una fase de ejecución y coordinación de un proyecto de reconstrucción en condiciones, con mandato de la ONU respaldado por fondos tan concretos como cuantiosos.

El que el Gobierno de Bush haya optado por dilapidar tanto el goodwill internacional como los siempre limitados recursos financieros, militares y logísticos disponibles con su tremendo despilfarro en Irak no puede ser, de forma alguna, colgada al cuello de los demás socios de la OTAN.

Por tanto, y en lugar de emplearse de posturas y expresiones que sugieran exigencias cabe esperar una actitud más humilde, y como poco un tanto más acorde con la realidad, en la que el crédito tanto en su sentido financiero como en lo político del Gobierno de Bush está prácticamente agotado, como no cabría esperar de otra manera.

Ni está el Gobierno de Bush en condiciones como para torcer brazos de países justificadamente reacios a pagar (más que con dinero, con la vida de los seres humanos que se entregan al servicio nacional en las fuerzas armadas) el precio que ni el presidente Bush mismo estaba dispuesto a asumir.

Si no está dispuesto el Gobierno de Bush a soltar su actitud injustificadamente arrogante y exigente, y de adoptar un más que tardío mea culpa al dilapidar tiempo, dinero y esfuerzos todos ellos preciosos, que no espere que una estéril exhortación hecha de retórica hueca les infunda una predisposición más cooperativa y benévola a sus socios europeos.

La cruda realidad es que, por lo menos hasta conocerse el resultado de las elecciones presidenciales del próximo mes de noviembre, el plantel implicado en la seguridad internacional estará en situación de parálisis virtual; en consecuencia, no cabe más que esperar que la situación en Afganistán no empeore demasiado.

Con lograr eso último, además de recomponer la muy maltrecha relación transatlántica, se puede dar el Gobierno de Bush un canto entre los dientes. A uno le podría llegar a parecer que hasta la fecha a nadie se le haya ocurrido mencionarle al presidente estadounidense que ya no están para hacer su labor en el exterior ni Blair, ni Aznar, ni Howard. Bastante suerte tiene el principal del cuarteto surrealista que se podrá retirar en menos de un año sin haber sido despedido de manera fulminante.

Más le valdría pues no tentar la suerte con exigencias fuera de lugar, más aún tratándose de un país sobre el que él mismo se negó tonta y tozudamente a poner su parte, como parte firme de compromiso colectivo con la seguridad internacional, y que viene de muchos años atrás - de la era de Reagan. Si eso suena demasiado complicado, consúltese con Tom Hanks.

No se juega ni con la vida de los afganos, ni de los europeos; y de exigencias para que otros le paguen los platos rotos, nada en absoluto. Ante tal actitud, desmesurada por equívoca, la respuesta no puede ser otra que una amable sonrisa, una palmadita en el hombro, y un profundo y significativo silencio administrativo.

A partir de noviembre, hablaremos de soluciones.

Agregado más tarde: al final, le doy la razón a Don Luis Solana cuando dijo:

Si un día hay que irse de Afganistán (espero que la Historia no nos obligue), toda la culpa será de unos gobernantes americanos que equivocaron de enemigo y de estrategia. Pero yo apoyo esa presencia de España cooperando a la reconstrucción de Afganistán. Quiero que siga y también que sea un éxito la presencia española en el Líbano. Y sueño con que haya una fuerza internacional de interposición entre israelíes y palestinos. Con la presencia de los soldados españoles. Pero que no me reclamen para corregir errores de la potencia que se equivocó y que nos engañó.

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