by nv1962 | August 13th, 2008
Desde que concluyó de hecho la carrera por la candidatura por el partido Demócrata, he mantenido el pico cerrado sobre la cuestión de la asignación de los delegados de la senadora Clinton, durante la próxima Convención Nacional Demócrata en Denver, a finales de este mes.
Pero según se va perfilando la cosa, voy llegando a la conclusión que las ganas por designar a Obama está rebasando hasta los límites de tolerancia de vergüenza ajena.
Veamos primero tres hechos que creo son esencial para entender el problema:
- ¿Quién obtuvo la mayor cota de votos de votantes demócratas? Fue la senadora Clinton - no el senador Obama. Sin embargo, este hecho no se tradujo en una ventaja de delegados. (Y eso, sin contar con los casos vergonzosos en los que se le asignó más delegados al senador Obama de lo que realmente le corresponde por los resultados que obtuvo en los caucus, debido a la actuación impresentable de sus hordas en las asambleas regionales donde se “eligieron” los delegados para la convención en Denver, después de los caucus en Ohio, Tejas y Nevada - pero vuelvo a lo dicho: por sonrojante que resulte, eso lo menciono como mero apunte. La cuestión es que el mayor número de delegados del senador Obama contrastan con su menor número de votantes Demócratas.)
- ¿Quién ganó en prácticamente todos los estados que son claves, es decir: donde además de posible, es casi imprescindible que gane el candidato Demócrata en las elecciones de este mes de noviembre para ganar las elecciones? Eso también fue la senadora Clinton - y no el senador Obama, exceptuando en su caso ¡cómo no! “su” estado de Illinois.
- ¿Dónde entonces obtuvo el senador Obama su mayor número de delegados, cosa que le adelantó en la carrera por la candidatura del partido? Pues en aquellos estados donde los votantes por el partido Demócrata tienen tal minoría, que queda prácticamente descartada la posibilidad que en el próximo mes de noviembre gane en ellos.
Con ello, cabe decir que la senadora Clinton obtuvo, desde una perspectiva minimalista, un número de delegados que en absoluto deben ni se merecen ser descontados, y menos aún maltratados como títeres y peones en una artificial (por injustificada) máquina de aplausos norcoreana para el senador Obama.
Y si las ganas de escenificar la consagración unitaria de él conducen a concluir que bueno, para eso es una convención para nombrar formalmente al candidato oficial y ya que “perdió” la senadora Clinton, que se calle, que se vaya, que aguante su desfortuna, y que aquí no caben perdedores: lo siento, pero el hecho de tener tales ganas no implica ni tener la razón, ni justificación histórica para amordazar a los delegados que, por el motivo que sea, siguen fieles a su intención de demostrar que representan a votantes que apoyan a la senadora Clinton.
Sin embargo, eso es precisamente lo que los mandamás del Partido Demócrata están haciendo, bajo la batuta de (sobre todo) Howard Dean y Donna Brazile, los más aférrimos en imponer el rodillo de una inexistente unidad en pos de esa efímera imagen de “unidad” ante un candidato más que cuestionable - tanto por ser débil en sus posiciones políticas, y más aún por las sombras en sus credenciales como “claro vencedor”.
En el propio estado de Colorado, la nomenklatura del Partido Demócrata está claramente intentando eliminar a una de los delegados de la senadora Clinton, por hacer comentarios poco halagüeños sobre el senador Obama, y más que nada, por indicar que ve “difícil” votar por el durante la convención en Denver.
Si soviético parece, más aún lo es cuando se tiene en cuenta el historial de anteriores convenciones del Partido Demócrata, que demuestra con enorme claridad hasta qué punto los Obamistas obran con un criterio de doble rasero, al exigir una falsa y canallesca escena de aclamación de su Candidatísimo en Denver, para la que mueven todo lo posible para evitar que se produzca una simbólica pero formal candidatura de la senadora Clinton - aunque sólo para reconocer así a sus votantes, y prácticamente sin posibilidad alguna de que tal candidatura produzca un vuelco en la nominación.
En el 2004, votaron con toda naturalidad y tranquilidad los delegados de Howard Dean por él, a pesar de haberse impuesto con enorme claridad entonces la candidatura del senador John Kerry. Y sin embargo, el propio Dean ahora está empecinado (ahora que dirige el Partido Demócrata) en bloquear una candidatura formal (una vez más: puramente simbólica, pero no por ello menos significativa) de la senadora Clinton en la convención de este año.
Esa descarada hipocresía es la razón que me conduce a reafirmar lo dicho al principio de esta entrada: lo que se está cociendo en el Partido Demócrata es una vergüenza - hasta un desmentido de su propio nombre.
Así no venden ni venderán “unidad” ni “cambio” ni “esperanza”; al Candidatísimo le espera una ducha fría en esta campaña, aunque ya tenga su candidatura trufada metido de antemano en el bolsillo.
Si ya poco me gusta ese tipo insulso, de posiciones cada vez más blandengues - por no hablar ya de su total traición a la causa civilizada por su rotunda oposición a introducir un sistema de seguro sanitario universal y obligatorio - ahora tengo una verdadera aversión a su candidatura.
Con los tintes que está cobrando la pretendida fiesta farsante en Denver, me pregunto si acaso van a sacar también a una niña guapetona para que ponga un rostro más apetecible al himno, como famosamente hicieron los chinos en el acto de apertura de los JJ.OO. Sería lo correcto, por pura coherencia y concordancia con la intención de engaño publicitario.
Sea lo que sea, democrático no es. Pero vomitivo sí, para rato además.
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