Más que un bambi, una veleta de proyecciones

by nv1962, on Thursday, July 17th, 2008 at 12:41 pm - filed under: Elecciones.

Agradable sorpresa, ver a David Valenzuela puesto con las suelas bien firmes en el piso, como dicen muchos por estos lares: no le veo demasiado afectado por la casi nauseabunda obamanía que suele campear entre el Estrecho y los Pirineos.

Gustos personales y preferencias por apariencias huecas de progres postizos aparte, sobre todo desde la presunta seguridad que ofrece una estéril lejanía, no entiendo cómo no se aprendieron la lección del 2004. El entonces candidato a la presidencia en España, José Luís Rodríguez Zapatero, se columpió con un apoyo pronunciado a Kerry, cosa que seguro no ayudó a normalizar la situación tras su elección. Pero hasta el diario El Mundo se volcó con piropos lanzados hacia John Kerry, el sujetador moral de una Europa que por un lado trinaba por las machadas del presidente Bush, y por otra se aprestó a hacerle caso por lo bajini, desde una cooperación amigable al organizar vuelos irregulares con presos fantasma hasta comprometer la privacidad de ciudadanos europeos, garantizada por una rimbombante (pero luego en la práctica al parecer hueca) normativa, cómo no: mediante acuerdos opacos y a puerta cerrada, para luego hacerse el sueco cómodo en Afganistán al tiempo que se hace la vista gorda cuando la libertad de expresión está en juego.

Kerry fue, más que nada, aprovechado por muchos en Europa - y por ende, también en España - como una grata excusa para proyectar un deseo poco concreto (pero bastante firme) de ver un “cambio” de aires en EE.UU. Y cuando al final se produjo el conocido resultado, algunos recurrieron al siempre grato pero poco productivo ejercicio de su derecho al pataleo:

Daily Mirror: el día después de las elecciones del 2004

Daily Mirror: el día después de las elecciones del 2004

Esta vez, ya que Bush desaparece de la ecuación electoral, me da la impresión que se redobla en Europa el esfuerzo por hacer oídos sordos a las señales que, poco a poco, vienen filtrando desde este país: que hace falta un poquitín más para convencer al electorado que cebarse en sus ganas de ver un “cambio” y masajearlo con una apelación directa al cambio, en lugar de aportar argumentos convincentes o, por lo menos, claramente sugerentes de contenidos que van más allá de apariencias. Obama se retrata como agente de tal “cambio” con más esperanzas que justificación.

Sin embargo, también hay señales que indican una apreciación un tanto mejor calibrada de la situación. Antes apunté a El País que, según sugiere, se queda un tanto asombrado por el fenómeno de la sátira política y ahora también veo ese artículo de opinión de David Valenzuela quien - con justificada prudencia - no da crédito al entusiasmo procedente del extranjero.

Aunque sea un tema más que pasado, sí me parece oportuno recordar que Obama se ganó la candidatura demócrata por elegir una habilísima táctica, que no por convencimiento mayoritario, y desde luego no por mayoría simple de votos. Cosa de los peligrosos y traicioneros fangos de celebrar caucus, en lugar de primarias abiertas y universales. Pero de ahí precisamente sale la vulnerabilidad de Obama de cara a las generales el próximo mes de noviembre: en primer lugar, porque son votaciones simples y directas, y más que nada, ya que los feudos de esos caucus en los que obtuvo sus victorias necesarias para su candidatura son también aquellos en los que son (muy) minoritarios los votantes demócratas. Para citar - con toda la maldad intencionada - a Cristina Tavío, se le está acabando la temporada de vender humo bajo la hoguera del falso consenso, el buen rollito del baboso talante.

No creo que haya calado lo suficiente el fondo y el significado de cómo arremetió Obama contra el plan de Hillary Clinton de introducir un plan de cobertura universal (claro está, obligatorio) de seguro sanitario: para mí, aquel fue el punto determinante para desenmascarar a Obama como progre postizo. ¿Cómo puede uno aspirar de veras a ser un propulsor de un cambio de calado cuando se interpone con tal claridad en un objetivo netamente progresista? La respuesta es, ni más ni menos, que el deseo de no zarandear el barco electoral, de no ahuyentar - por pura proyección de miedo auto impuesto - a un segmento que necesita ver un candidato con firmeza, que de veras cree en un determinado proyecto.

Por eso, no le atribuyo aquel papel de bambi, del que habla David Valenzuela; aunque sí me parece apta la imagen como descripción de percepción externa, a Obama le soplan los vientos de proyección que emanan de lo que el mismo ha indicado, con no demasiada sutileza, su auténtico objetivo electoral: los así llamados demócratas de Ronald Reagan. Aquellos que, sin pestañear, votaron en dos ocasiones de forma impresionante por él, camino al desahucio del sistema de garantías sociales.

A eso no lo llamo, ni por asomo, una apariencia de tono ingenuo y alegre. Lo llamo una receta para un catastrófico desengaño.

Curiosamente, por mucho que los europeos a veces hasta nos pavoneamos de cínicos - al menos, en comparación con la predisposición por lo general más abierta de las gentes en este país, los EE.UU. - me parece que en cuanto a evaluación del panorama político en este país se refiere, bambi es la imagen del espejo.

Basta ya de tonterías, digo yo. Y sobre todo: ojito con arrimarse demasiado a Obama, no vaya ser talismán de los gafes, como su antecesor.

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2 Responses to Más que un bambi, una veleta de proyecciones

  1. Francisco Javier

    Buen comentario. Yo no entiendo la obamanía que padecemos en España entre izquierdas y, hasta derechas (recordemos a Fraga). NO sé qué es lo que entusiasma a nuestros defensores: ¿el que es negro?, ¿el que tiene nombre que suena a musulmán?, ¿eso es de izquierda?. Repito no lo entiendo. Y lo de José Blanco, presumiendo de amistades y hasta influencias….patético.

  2. nv1962

    Gracias, don Francisco. Craso caso de confundir el hambre con una oportunidad para hacerse soldado un KitKat, creo. Lo grave radica en que se están de hecho fomentando las políticas vacuas y las reacciones viscerales y populistas, en lugar de fomentar bases razonablemente creíbles para una reconstrucción sólida de la necesaria y mutua confianza transatlántica.

    Más grave aún es que las previsibles repercusiones del no efectuar cambios recaerán, como siempre, sobre los más indefensos. Me recuerda al dadaísmo después de la primera guerra mundial: una interesante, simpática y comprensible reacción nihilista, pero no necesariamente adecuado y menos aún productivo al aplicarse a la necesaria introducción de cambios en la gestión de asuntos de importancia colectiva.

    Es la antítesis del progreso; un apaciguador anímico, un placebo político, y por ende un enemigo del cambio que él mismo pregona.

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