by nv1962 | Julio 3rd, 2008
Se está produciendo un intenso debate en el seno de la Unión Europea, casi oculto en las salas de negociación, y según me parece, no hay mucho ánimo entre blogueros (¿bloguistas? ¿bitacoreros?) de entrar al trapo y abrir un debate mayor sobre lo que se viene presentando, con cada vez mayores efectos y amenazando con un serio bloqueo del proyecto común, como el equivalente de un proceso cancerígeno en Europa.
Me gustaría ver que, entre los muchos que tenemos una bitácora, salgamos un poco de nuestras pequeñas parcelas, y empleemos más la maravillosa herramienta participativa que nos brinda la oportunidad de crear una conversación entre todos, sobre un asunto que me parece brillar en su ausencia como tema de conversación, muy a pesar de su enorme alcance.
Acabo de leer en El País cómo se cierran filas a nivel europeo ante un proyecto del presidente francés Nicolas Sarkozy, en busca de una respuesta a las repetidas y crecientes bofetadas al proyecto paneuropeo.
- Para que no nos olvidemos: la primera instancia fue el rechazo irlandés al tratado de Niza. Hasta la fecha sigo sin entender qué exactamente es el denominador común que explicaría el diferencial de 76.017 votos irlandeses que rechazaron ratificar el tratado de Niza. Lamentablemente, tampoco puedo calificar la respuesta europea como muy brillante: se quedó básicamente en tachar aquel referéndum como fruto de “egoísmo” y buscar una salida táctica, no para solventar el claro déficit de credibilidad europea en ese país, sino para saltarla a la torera. A mi entender, y muy a pesar de mi posición muy pro europeísta, esa respuesta carece tanto de respeto a la soberanía irlandesa como de voluntad para hacer frente al problema de fondo, y que yo identifico ni más ni menos como una crisis de identidad política europea.
- A mi entender, ello resultó en una inevitable repetición de movimientos, que se fraguó a raíz del posterior proceso de ratificación del tratado de Roma, que pretendía plasmar en un marco jurídico e institucional las modificaciones necesarias para que la Unión Europea tuviese medios para hacer frente al doble reto de su enorme ampliación y la profundización y ampliación en materia de competencias que requiere una UE con un peso y una entidad política propias.
- Si en el caso de Niza el peso demográfico irlandés permitió (injusta e indebidamente) despreciarlo como un accidente causado por unos pocos desagradecidos, el si cabe más contundente rechazo francés mostrado en el referéndum sobre el tratado de Roma ya no dejaba lugar a dudas, con una diferencia de 2.643.885 votos entre los síes y noes. El rechazo francés supuso el primer frenazo de un país fundador de la UE - un hecho muy significativo que debió haber dado lugar a una reflexión más profunda de lo que se evidenció después.
- Casi una semana después llegó otro jarro de agua helada, con el rechazo holandés al tratado de Roma, la respuesta fue de total estupor. ¿Cómo es posible que el país cofundador y proeuropeísta por antonomasia se haya volcado de sentido? Pero una vez más, en lugar de entrar en un análisis de fondo, se emprendió una búsqueda de una salida institucional, y no política: la canciller alemana Angela Merkel se dejó casi el alma en un intento de “refundar” alternativas y parches en un paquete de apariencia más o menos coherente, presentado para que coronase la presidencia alemana de turno con la declaración de Berlín.
Me parece triste que no se dio más espacio para sopesar el calado de la propuesta del ex presidente francés Giscard d’Estaign, de volver a centrar el debate sobre las esencias de a Constitución, en lugar de buscar a lo loco una salida que necesariamente no podrá ser más que un apaño de una profunda crisis institucional y democrática.
Y más aún me parece triste, ya que el primer aviso ante una creciente oleada antieuropeísta la dió, hace ahora veintidós años, Dinamarca. Los recelos antieuroepeos vienen de bastante lejos, y sin embargo, cayeron en saco roto - hasta que la reciente serie de rechazos dejó la extensión del bochorno con innegable contundencia sobre la mesa.
A pesar de los potentes argumentos a favor de seguir adelante con el proceso de búsqueda del necesario consenso, hay que empezar por constatar que hay una profunda corriente contraria al proceso de convergencia europea. Y en lugar de perdernos en tópicos - como la excepción británica y el nacionalismo ultraconservador polaco - deberíamos asomarnos para llegar a entender cuáles son los móviles, cuáles son los argumentos y las posiciones de fondo que explican la postura bastante negativa ante el Proyecto Europa que prevalece, por ejemplo en los casos del Reino Unido y Polonia.
No nos engañemos: estamos ante un complejo de enorme envergadura. No tiene sentido alguno que nos quedemos en fáciles descalificaciones seguido por una ciega búsqueda táctica de “soluciones” que ni resuelven ni atajan la existente corriente antieuropeísta en varios países de la Unión Europea.
El tema de la absurda propuesta de la semana laboral de 65 horas tiene mucho que ver con esta cuestión: fue, más que nada, la presión británica la que empujó a incluir la semana de 65 horas en la “solución” institucional para reglamentar el horario laboral a nivel europeo.
En lugar de perdernos en intentos de pactar y de diluir y de hacer concesiones para apaciguar a los esdrújulos, habrá que hacer una reflexión sobre lo que realmente esperamos de una Europa unida y fuerte. Por un lado, está la tesis anglosajona que no quiere más que un mercado común; por otro, tenemos la oportunidad de cerrar frente a las salvajadas anglosajonas.
Soy de la opinión que con el cáncer no se negocia. Sin embargo, me gustaría ver un gran debate cruzado, un esfuerzo común, para que enganchemos desde nuestras bitácoras, y enlacemos entre todos, para crear un gran debate virtual sobre una cuestión que a mi juicio se está dejando demasiado de la mano de portadas, políticos y potentados económicos con una agenda subversiva y soez en común.
¿Quién se engancha?
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