Tres tigres
Parafraseando a Johan Cruyff, diría que toda desventaja tiene su ventaja. En el debate sobre el terrorismo yihadista en suelo europeo, la circunstancial condición de residente en el otro lado del Atlántico brinda una perspectiva netamente distinta a la que tendría de vivir físicamente más cerca del fenómeno; a la vez, esa circunstancia templa el efecto de la magnitud de opiniones que, lógicamente, surgen ante la aparición de ese monstruo.
Sin intención de presentarlos como fieles representantes de sus respectivas audiencias, pero sí como ejemplos ilustrativos del tremendo espacio que separa el teatro de opiniones en los Estados Unidos de aquel en Europa, comentaré tres recientes artículos de opinión, publicados después de los atentados en Londres del 7 de julio. El primero, escrito por Simon Jenkins, autor y columnista en los periódicos británicos The Sunday Times y The Guardian; el segundo, del líder político izquierdista en España, Gaspar Llamazares, y el tercero del ultra conservador Hugh Hewitt, comentarista y presentador de radio en los Estados Unidos.
Con todas las diferencias ideológicas entre los autores, tienen en común su encaje como intento de superar los hechos en el plano intelectual, sugiriendo la forma correcta de entender y responder a la realidad descrita. Es una coincidencia inculcada hasta en el título de los tres artículos:
- “Londres: resistiendo a los ‘idiotas útiles” (Simon Jenkins - 29-7-05)
- “Engendrando estupidez” (Hugh Hewitt - 14-7-2005)
- “Respondamos con inteligencia al terrorismo” (Gaspar Llamazares - 23-7-05)
Desde luego, el que claramente se apea de la realidad es Hugh Hewitt, cuando afirma, con aires de seguridad absoluta:
El hecho de que exista un flujo de guerrilleros extranjeros que entran en Irak desde Siria, con esperanzas de matar a América [sic], no es prueba fehaciente que apoye la teoría de ‘caldo de cultivo’. ‘Oportunidad’ para actuar no es la misma cosa que ‘motivo’ para actuar. No existe prueba alguna que demuestre la tesis según la que Irak representa un motivo, más que una oportunidad [para cometer actos de terrorismo]; sin embargo, y no obstante, la teoría de ‘motivo’ se esgrime una vez tras otra.
Esto lo escribió Hewitt una semana antes de los afortunadamente fallidos atentados del 21-J en Londres; entretanto, y a raíz de la detención en Roma de uno de los presuntos autores materiales, sabemos ya sin lugar a dudas lo que cualquier persona razonable ya venía entendiendo como mucho más lógica y por ende bastante más probable tesis de que la guerra de ocupación en Irak sirva de ‘caldo de cultivo’ para los terroristas que actuaron en Londres.
Hasta el comisario europeo de Justicia, Franco Frattini, italiano conservador y miembro de Forza Italia, se decanta por esta interpretación, según este fragmento de un breve en El Pais publicado hoy:
Frattini, entrevistado por el diario francés Le Monde, afirma que Irak se ha convertido en un centro de entrenamiento de terroristas suicidas y que entre estos hay europeos que “quieren regresar a casa”.
“Esto crea una situación peligrosa” porque “en la medida en que el régimen iraquí se consolide, muchos de estos terroristas bien preparados vendrán a Europa”, ha explicado. “¿Cuántos hay? Allá son millones. ¿Cuántos vendrán a Europa? Nuestros servicios dicen que son muchos”, según este comisario de la UE.
En su opinión, los socios comunitarios deben elaborar una estrategia común para atacar las raíces del terrorismo islamista mediante la cooperación con dirigentes musulmanes moderados. Además, ha pedido que se investigue por qué algunos jóvenes europeos “que han recibido una buena educación, que no son pobres ni están desesperados, sí están dispuestos a caer en el terrorismo y volverse atacantes suicidas”.
En una entrevista con el Director del Centro Nacional de Inteligencia, Alberto Saiz, en El Pais, figura la siguiente pregunta y respuesta:
P. La invasión de Irak, ¿fue contraproducente en la lucha contra el terrorismo?
R. Yo no veo un mundo más seguro que antes, parafraseando al presidente de Estados Unidos. Irak se ha convertido en un gigantesco campo de entrenamiento al que acuden terroristas de todo el mundo. Algunos colegas de los servicios extranjeros piensan que para nosotros no va a ser un problema, porque van allí a morir y no regresará ninguno. Dudo de que sea así. Las personas se suicidan, las organizaciones no. Muchos volverán. Y será un peligro. Ya pasó en Afganistán.
Bastante significativo me parece esta descripción de Irak como un gigantesco campo de “entrenamiento” de terroristas - sobre todo cuando pensamos que la guerra en Afganistán fue, más que nada, destinada a cerrar aquellos instalados bajo la protección de los talibanes.
Por tanto, la conexión entre la guerra en Irak y los recientes atentados terroristas en Europa no solamente está bien establecida, sino que se considera en gran medida como una de causa y efecto: esa guerra ha servido, si no de catalizador ex novo, al menos como una lupa de sentimientos, hasta el punto de motivarles a cometer crímenes que, muy probablemente, no habrían cometido de no haberse producido la invasión de Irak.
El artículo de Hewitt comienza, por cierto, con un emparejamiento de dos supuestas observaciones, que proyecta como comunes entre “gentes de izquierda”: por un lado, la supuesta tesis de que no existió conexión entre el régimen de Saddam Hussein y Al Qaida, y por otra, la ya comentada y supuestamente “falsa” visión de Irak como caldo de cultivo de terrorismo. Tan insidiosamente falsa como la segunda parte de sus “observaciones” es la primera parte.
Le atribuyo a Hewitt una deliberada voluntad mezquina, cuando pervierte el escepticismo común — no solamente entre personas “de izquierdas” — ante la obsesionada campaña del régimen de Bush, previa a la guerra de Irak, conectando el régimen de Hussein con los atentados del 11-S (que no es lo mismo que Al Qaida en general) como uno de los principales argumentos esgrimidos en justificación de su anhelada guerra en Irak.
Hasta el otro argumento de justificación, el de la existencia de armas de destrucción masiva y, por ende, la existencia de un peligro inminente a la seguridad nacional, se quedó, literalmente, en la nada.
Bochornoso es el espectáculo de la derecha ultra conservadora en los Estados Unidos, que no solamente se encierra ensimismada en fantasías, sino que se atreve a acusar a “la izquierda” de que “no se les puede confiar la dirección de la guerra” (según concluye Hewitt su artículo.) Y eso que esa guerra al que hace alusión es una guerra en falso: lamentablemente, ya se fraguó el colosal y costosísimo error de invadir a Irak como parte de una “guerra contra el terror” (hablando de estupideces de concepto) y ahora, sea cual sea la orientación política de los actuales y próximos líderes de gobierno en Occidente, hay que bregar con los estrepitosos resultados.
Obviada la discusión sobre la legitimidad de invadir Irak, tenemos ahora dos urgentes motivos principales para intervenir enérgicamente, enmendando el roto de Irak: por un lado, estabilizar la situación y, en lo posible, paliar el incalculable daño hecho en las relaciones multilaterales con el Oriente Medio, y por otro, tenemos ahora un interés muy personal y directo en hacer frente a lo que los mismos terroristas argumentan como un enfrentamiento de civilizaciones. Es una pervertida adopción del mismo argumento presentados por los rabiosos y ciegos ultra conservadores y neoconservadores que hoy en día mandan en los EE.UU.
En lugar de negar la razón a sus opositores, esa pérfida derecha debería estar horrorizada por los estragos que ellos mismos causaron, además con tanto ahínco. El lunes, 25 de julio, el diario holandés De Volkskrant publicó una crónica desde Sharm el Sheij, después de los atroces atentados, en la que uno de los heridos egipcios, desde el hospital, les “agradece” a Bush y Blair la parte que, al juicio del herido, jugaron dando lugar, en última instancia, a su condición. El lenguaje a espaldas de tanto la realidad como la razón es tristemente común en un flujo constante de opinión ultra conservadora en las páginas de opinión, en los programas de tertulia en la radio, y en comentarios en programas supuestamente informativos en los EE.UU.
Aquel es el motivo por el que elegí el artículo de Hewitt; podría haber elegido cualquier otro en la burrada de similares que salen, día tras día. Me pareció simplemente más interesante el de Hewitt, por su osadía de referirse a “estupidez” en el titular de esa descarga de palabrerías.
Pero ahí, en este mismo país, surge otra conexión con el artículo de Gaspar Llamazares: hace una referencia al atentado de Oklahoma City, entre otros ejemplos de atentados terroristas de los últimos años, argumentando que en ese caso tampoco se habló de “terrorismo cristiano,” contraponiéndolo al tristemente (por muy erróneo) frecuente uso del término terrorismo islámico. Sin duda, estoy de acuerdo con su rechazo frontal a un término que extiende a toda la religión islámica un elemento extrapolado de unos pocos fanáticos ultra violentos, un fenómeno tan violento como indiscriminado en sus víctimas. Véase, sino, los atentados de Sharm el Sheij, cuyas víctimas son en su gran mayoría precisamente egipcios musulmanes.
Prefiero, en su lugar, términos alternativos como terrorismo yihadista, o salafista, o wahabí, o fundamentalista, o integrista. Parece, en el fondo, más apropiado hablar de terrorismo fascista, ya que se eleva el uso de la fuerza a niveles de “valía” absoluta, muy por encima del bien común y del respeto a los valores democráticos. Creo que en eso coincido con Gaspar Llamazares.
Sin embargo, tengo dos objeciones en la mención del atentado en Oklahoma.
En primer lugar, los más directos actores en aquel atrocidad, Timothy McVeigh y Terry Nichols, se perfilaron ellos mismos como “cristianos” a ultranza. Aunque evidentemente (y con toda la razón) la sociedad estadounidense reaccionó con horror y frontal rechazo ante ese cruento atentado, aquel aspecto de “motivación” de los terroristas se obvió, se pasó por alto, se negó como importante, en definitiva: se calló. Y no se calló por rechazar ese aspecto religioso como deficiente en su descripción, es decir, que no se rehuyó el término por motivos parecidos y paralelos a mi rechazo ante la expresión de “terrorismo islámico”.
Al contrario: creo que se rehuye la mención de “cristiano” al igual que en el caso de autores materiales de atentados cometidos contra ginecólogos practicantes de abortos; a pesar de ser estos asesinos auto confesos “cristianos” que, además, dicen cometer sus actos inspirados por su fe, no se les denomina “terroristas cristianos” a ellos, tampoco. La tristemente popular expresión “terrorismo islámico” es pues, a mi juicio, una flagrante expresión fruto de medir por doble rasero.
Además de este apunte, referente a la situación en los EE.UU., me parece también oportuno reseñar, en segundo lugar, que es precisamente la derecha cristiana en EE.UU. la que, con mayor entusiasmo, ha apoyado al régimen de Bush en su aventura tan irresponsable como destructiva y contraproducente en Irak. ¿Acaso cabe esperar de ese colectivo tan cerrado como jingoísta el empleo de lenguaje acertado y preciso en referencia a violencia sectaria propugnada por unos elementos que se caracterizan por sus acciones y no por su ideología sectaria y odiosa? ¿De veras se ve una omisión de la etiqueta “cristiana” como “inocente”, a la vista del entusiasmo con el que los mismos ahora aplican la etiqueta de “terrorismo islámico”?
Pues no. No creo que sea consecuencia de un lapsus sin querer. Lo veo, más bien, como las proverbiales orejas al lobo que se asoman, delatando una intención que los demócratas de buena fe deberíamos rechazar, denunciar y combatir - al tiempo que hagamos todo lo posible para, parafraseando Gaspar Llamazares, más que combatir, vencer al terrorismo con serenidad, y con razón.
Más en adelante comentaré sobre el artículo de Gaspar Llamazares con más detalle, así como el de Simon Jenkins.
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